La Verdad

La educación de Melibea

La educación de Melibea

  • Javier Orrico, en una obra atrevida y sugerente, nos invita a volver a los clásicos

Pocos libros se escriben así, con tanta valentía y sinceridad -sin que se falte al rigor científico-, al cabo del año. Hay, hemos de admitirlo, gente valiosa y muy preparada, del mundo de la enseñanza y también entre los ajenos a ella, que podría hacerlo. Pero nunca es agradable enfrentarse a la verdad. Y mucho más cuando en esa verdad están implicadas personas e instituciones que se han convertido en cómplices de esa derrota.

Javier Orrico no es un recién llegado. Ni un desertor del oficio. Habla desde la experiencia, mirando y escuchando lo que hay a su alrededor. Además de profesor de literatura desde hace décadas, ha trabajado como periodista, es escritor y, además, un excelente poeta. Y bien que se nota en esta obra, en donde aflora el estilo vehemente del periodista y también el profundo conocimiento de la Literatura, a la que alude una y otra vez como fuente de sabiduría. La literatura, insiste, es nuestra rebelión contra la muerte y contra el olvido.

Orrico sabe lo que se dice. Y para tapar algunas bocas que clamarán contra lo que aquí se cuenta, utiliza una amplia y variada bibliografía. No se trata de un suspirillo germánico, sino de un meditado y riguroso ensayo en donde, por otra parte, asistimos, de vez en cuando, al lenguaje impetuoso, impulsivo y enérgico de su autor, que ha vivido en primera persona aquello de lo que nos da cuenta.

Javier Orrico arremete contra la Universidad, a la que califica de reino del chanchullo, y denuncia, sin pelos en la lengua, esos departamentos familiares. Arremete contra la estafa de los cuatrimestres, contra el actual sistema de oposiciones y la escasa valoración de los méritos. Punto aparte merecen sus juicios sobre las actuales facultades de Educación y, sobre todo, aquellos pedagogos que las habitan, con ese lenguaje absurdo que emplean y que nada aporta a la verdadera educación. Pero no hay que olvidar que lo que el autor de este ensayo pretende es analizar lo que han aportado las distintas leyes de educación desde 1990 hasta hoy mismo. Y en este punto el paisaje no puede ser más desolador. Para empezar -y así lo deja dicho- hemos permitido la extinción definitiva del profesor y su transformación «en un funcionario mecanizado cuyo trabajo es repasar y rellenar formularios, y ya no estudiar y enseñar». Estamos, pues, ante un «Kafka tontucio reinando en las aulas». Orrico reivindica a los maestros y profesores de su infancia, «hombres ilustres y encarnación viva de la cultura». No ve con malos ojos el regreso de la lección magistral y de esa sabiduría que aportaron los clásicos, en un delicioso capítulo, marca de la casa, que vale por toda la obra: «La educación de Melibea».