La Verdad

Memoria marchita

  • Un joven escritor, e investigador de la literatura popular española durante el franquismo, da casi por azar con una de las últimas figuras de dichas obras de quiosco

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Un joven escritor, e investigador de la literatura popular española durante el franquismo, da casi por azar con una de las últimas figuras de dichas obras de quiosco, uno de aquellos hombres que firmaban con seudónimo anglosajón una novela del oeste cada pocos días. Lo que en principio era admiración, poco a poco se vuelve una relación extraña en la que los egos de ambos escritores compiten justo hasta que Arturo, el más joven, encuentra una carta entre los papeles de su madre, recientemente fallecida.

El planteamiento: autor joven seducido por autor muy veterano, no es algo novedoso, pero lo que sí es diferente es el tratamiento que hace del mismo David G. Panadero, puesto que no se limita a caminar por el sendero de la admiración sino que desde el inicio coloca a Mateo Duque en el punto de mira de un joven creador que es capaz de hacerle reparar en sus miserias tanto como en sus virtudes. No hay fe ciega en el talento, más bien preguntas que el veterano autor a veces trata de esquivar, y todo cobra sentido cuando se destapan ciertas relaciones que el propio Duque tuvo con otros miembros de la clandestinidad en el tardofranquismo.

Alternando la memoria con la lucha antifranquista, la obra también habla de metaliteratura, ofreciéndole al lector, igual que lo recibe el joven Arturo, un argumento de novela negra sobre el que reflexionar, e incluso con el que jugar a crear, tal y como ambos escritores se plantean hacer a lo largo de la trama. Esa memoria es a veces como un papel viejo, como esos títulos de literatura de consumo que se agolpan en las casas de ambos protagonistas, pero la memoria se vuelve también hoja marchita movida por un viento caprichoso que termina por provocar algún que otro ajuste de cuentas. David G. Panadero lo sabe bien y se mueve a la perfección entre esas dos aguas.