La Verdad
La novela que hubiera firmado Rulfo

La novela que hubiera firmado Rulfo

  • Hace algún tiempo que mantengo conversaciones con mi colega y excelente amigo José Manuel López de Abiada, profesor emérito de la Universidad de Berna. Y una de las ideas que compartimos es la de llevar a cabo un ensayo sobre lo que hemos denominado la «narrativa de la desolación»

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Hace algún tiempo que mantengo conversaciones con mi colega y excelente amigo José Manuel López de Abiada, profesor emérito de la Universidad de Berna. Y una de las ideas que compartimos es la de llevar a cabo un ensayo sobre lo que hemos denominado la «narrativa de la desolación», sin que sepamos con certeza hasta dónde puede conducirnos nuestro empeño. Y es que no es difícil percibir, en la España de los últimos años, una literatura un tanto apocalíptica y desintegrada, no apta para paladares tibios, para lectores que buscan únicamente pasar el rato. Son muchos los títulos que podríamos aportar, desde 'La lluvia amarilla' de Llamazares hasta los últimos trabajos de Isaac Rosa, pasando por ciertas aportaciones de Jesús Carrasco, Vila-Matas e incluso del desaparecido Rafael Chirbes.

Este asunto viene al caso porque la narrativa de Ginés Sánchez responde a este modelo. Es heredera de los parámetros de la literatura hispanoamericana que durante el pasado siglo, a partir de los sesenta, llegó a España para quedarse, a la espera de hallar discípulos aventajados. Juan Carlos Onetti es un buen referente, sin duda. Pero a Juan Rulfo, de haber vivido para contarlo, le hubiera complacido esta proliferación de dignos sucesores e intérpretes de su quehacer literario. Con su obra anterior, 'Los gatos pardos', que ganó merecidamente el Premio Tusquets de Novela, Ginés Sánchez se postuló como uno de los escritores más originales y de mayor calidad en el actual panorama español de la narrativa. Ahí ya se apreciaba ese ambiente sobrecogedor del que hace gala en su nuevo trabajo, 'Dos mil noventa y seis'. Con un lenguaje aparentemente sencillo, a base de frases cortas y con capítulos que, en ocasiones, se reducen a solo unas cuantas líneas, sin apenas diálogos, con brevísimas descripciones, dejando, pues, que sea el lector quien, al amparo de su libertad, vaya creando sus propias imágenes, nos lega una obra de piedras y cascotes, donde el silencio se impone a las palabras, con personajes que transitan constantemente, que van de un lugar a otro en un espacio de muros caídos y de jardines momificados que se nos antoja infinito. No es el fuego -como sucede en la conocida y espléndida película de los ochenta de Jean-Jacques Annau- el Santo Grial que ahora pone en movimiento a estos personajes, cuyas voces escuchamos en medio de la noche, sino el agua, que se convierte así en el principal elemento para lograr la supervivencia. La obra, en cuyas páginas, como en el buen cine, la elipsis es esencial, está repleta de un profundo simbolismo, y no falta el consiguiente alegato crítico contra una maldita civilización que se ha convertido en lobo de sí misma.