La Verdad

El día en que identificaron a Salzillo

Calaveras recuperadas de los nichos de las Capuchinas, donde se buscaron los huesos del escultor.
Calaveras recuperadas de los nichos de las Capuchinas, donde se buscaron los huesos del escultor. / F. Galindo
  • Sucedió hace ahora una década. Prestigiosos forenses se disponían a analizar los huesos del imaginero murciano. Este capítulo íntegro de la obra de Antonio Botías revela información hasta hoy desconocida de aquella mañana histórica

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El periodista de 'La Verdad' Antonio Botías acaba de editar un nuevo libro donde reúne, por vez primera en la historia de la Región, las leyendas y misterios que rodean la vida y obra del genial imaginero murciano Francisco Salzillo.

La obra, que ya se encuentra a la venta en Diego Marín, entre otros temas, aborda una investigación sobre el paradero de las tallas de Salzillo durante toda la Guerra Civil y arroja luz sobre si estas esculturas realmente iban a enviarse a Rusia, como sostiene una tradición popular. Para ello, el autor desempolva actas hasta ahora desconocidas de la época y la implicación que tuvieron muy destacados artistas murcianos.

El libro propone otras leyendas famosas, como el misterioso enviado que regaló a Salzillo el boceto de su Ángel más popular o el uso de los prodigiosos dátiles de la palmera de La Oración para remediar la infertilidad femenina, así como los más célebres accidentes de los pasos a través de la historia o quiénes sirvieron como modelos a Salzillo, entre ellos los míticos Anchoa, Mancaperros y Revirao.

'Los Misterios de Salzillo' se completa con la historia del descubrimiento de los restos del escultor en el panteón del monasterio murciano y su identificación por parte de los más destacados expertos de la Universidad Complutense e incluye imágenes inéditas hasta ahora de aquel histórico proceso. 'La Verdad' ofrece, en exclusiva, uno de los capítulos que conforman esta obra que ya resulta indispensable en las bibliotecas de autores y temas murcianos.

Capítulo XX

En cajones de tabaco

Francisco Salzillo descansó, durante medio siglo largo, en un cajón de cigarrillos cubanos. Esta fue una de las sorpresas que aquel 16 de octubre de 2007 nos deparaba a cuantos fuimos testigos de la apertura del nicho donde permanecían, o eso se sospechaba, los restos del escultor. Porque el trasiego al que fue sometido su cuerpo no auguraba encontrar en aquella tumba, ubicada en el nuevo convento de la Exaltación del Santísimo Sacramento, ni siquiera un hueso suyo.

La mañana amaneció desapacible y el cielo, cubierto de grandes nubarrones, amenazaba con desplomarse de un momento a otro. Alrededor de las ocho, unas cuantas gotas cayeron sobre la ciudad, cuya rutina se debatía entre atascos y gentes apresuradas camino del trabajo. Las propietarias del monasterio, las hermanas clarisas capuchinas descalzas, en cambio, ya llevaban varias horas en pie, habían cumplido con sus oraciones y aguardaban la llegada del equipo de investigación. Antes, era necesario que algunos operarios municipales abrieran el nicho, retirando la lápida de mármol blanco que en 1983 colocara, a modo de homenaje, la Cofradía de Nuestro Padre Jesús Nazareno.

Ante la puerta del monasterio, mientras los obreros organizaban sus herramientas, sufrimos el primer sobresalto de la jornada. La madre superiora de esta congregación explicó que había telefoneado al Obispado de Cartagena para que nos autorizara la entrada. Durante las semanas anteriores fueran muchas las conversaciones que mantuve con la religiosa y con otros responsables de la Diócesis. El alcalde de Murcia, Miguel Ángel Cámara, se lo comunicó al obispo, Juan Antonio Reig Pla, quien insistió a la superiora que permitiera la investigación. Los trabajos debían comenzar sin demora el día 9 de octubre; pero los forenses aplazaron su viaje a Murcia hasta el día 15, y luego al día 16. Con tanto cambio, las hermanas optaron por comprobar que realmente era la fecha estipulada.

¿Quiénes se encargarían de identificar los restos? La Junta de Gobierno del Ayuntamiento de Murcia aprobó el 8 de marzo de 2008 un convenio de colaboración con la Escuela de Medicina Legal de la Universidad Complutense para que sus científicos iniciaran los trabajos.

El equipo estaba dirigido por el responsable de la Escuela, José Antonio Sánchez Sánchez, a quien acompañaron Bernardo Perea Pérez, José Luis Prieto Carrero, Andrés Santiago Sáez, Miguel Fernández de Sevilla Morales, Elena Albarrán Juan, Elena Labajo González, María Concepción Millana de Ynes y Ana López Parra. Todos ellos firmarían el informe definitivo.

El equipo gozaba de justa fama por haber cosechado evidentes éxitos en otras investigaciones similares. Al respecto, en abril de 2007 anunciaron que habían descubierto los huesos del escritor Francisco de Quevedo, quien falleciera en 1645, tras analizar 167 restos conservados en la parroquia de San Andrés Apóstol, en Villanueva de los Infantes, una localidad de Ciudad Real.

El mismo equipo también se ocupó de identificar diversas momias egipcias y los huesos del Marqués de Santillana, de Juan de Mena y del Conde de Orgaz, entre otros. Sin contar sus intervenciones en numerosas necrópolis de todas las épocas históricas o la identificación de las víctimas de los atentados terroristas a cuatro trenes el 11 de marzo de 2004 en Madrid y que costaron la vida a 193 personas.

Eran, sin lugar a dudas, los mejores expertos para afrontar la complicada tarea de comprobar si el monasterio murciano atesoraba todavía los restos del genial escultor. Y hasta allí se trasladaron el 16 de octubre de 2007. El obispo envió al convento a Jesús Belmonte, pro canciller-secretario general del Obispado. La superiora, entretanto, advirtió de que era necesaria la presencia de un notario, quien debía levantar acta de la apertura del nicho.

Tras convencerse, con no pocos argumentos, de que la antigüedad del enterramiento no obligaba a observar esa cautela, más tranquila ante la presencia de Belmonte, permitió el paso al interior del monasterio. Aunque en todo momento su actitud fue cordial en extremo, no ocultaba su preocupación por los trabajos que se iban a desarrollar. Sobre todo, por el descanso eterno de las religiosas también enterradas en el nicho que el equipo de forenses se disponía a quebrantar. Los enterramientos estaban ubicados en la parte trasera del monasterio, en una pequeña construcción moderna repartida en diferentes nichos.

Alrededor de media hora emplearon los obreros del cementerio municipal en arrancar la lápida colocada en 1983, que al final hubo que partir porque no cedía. En el interior del nicho había cinco cajones, cuyas dimensiones aproximadas rondarían el metro de largo por 50 centímetros de ancho. A pesar de llevar décadas enterrados, aún podían leerse las letras impresas sobre ellos: «cigarrillos populares».

Era una marca cubana, de gran renombre en todo el mundo; pero acaso no el envoltorio más digno y adecuado para custodiar los restos de obispos, religiosas y el escultor. La lluvia, entre un estruendo de truenos y relámpagos, continuó durante toda la mañana; era incesante, poco torrencial, muy beneficiosa para la sedienta huerta murciana. Los cajones fueron trasladados a un porche a la entrada del convento, donde se abrieron uno a uno. El equipo de forenses catalogó los huesos de cada cajón en distintos montones; uno para los fémures derechos, otro para los izquierdos; un tercero para las clavículas y en el último los cráneos y las mandíbulas.

A simple vista, las cajas contenían entre cinco y ocho varones y hasta una veintena de mujeres. Era muy posible que aquellos huesos pertenecieran a varios obispos de la Diócesis de Cartagena, a Salzillo y a sus familiares.

Sólo imaginar que ante nosotros se encontraba la calavera del imaginero nos provocaba un gran respeto y una grande emoción. Hasta ese momento había ocultado mis temores de que, tras abrir el nicho, no hubiera nada en su interior.

Los forenses José Antonio Sánchez y Andrés Santiago mostraron su satisfacción porque el estado de los restos auguraba el éxito de la investigación. A pesar de que en el nicho había enterramientos desde el siglo XVII, según diversas fuentes, todos se habían conservado de una forma espléndida, casi ideal para someterlos a diferentes estudios antropométricos, morfológicos, patológicos y radiológicos.

Durante la primera inspección de los huesos, uno de los forenses anotaba lo encontrado mientras el resto del equipo numeraba las cajas y catalogaba los restos. El profesor de Fotografía de la Universidad Católica San Antonio de Murcia Félix Galindo fue el experto encargado de inmortalizar el instante. Aquella mañana obtuvo alrededor de un centenar de fotografías. Sabía que estábamos haciendo historia.

Otra de las anécdotas fue la estrecha vigilancia de las religiosas, quienes se asomaban por una de las ventanas de la clausura para observar el desarrollo de los trabajos. Una de ellas, en cambio, se colocó junto a la mesa donde se depositaban los huesos recuperados y allí permaneció durante toda la inspección. A la hermana, proveniente de un convento que la orden mantiene en Sudamérica, se le iba un color y otro le venía a medida que los forenses extraían calaveras de los cajones. Fue ella quien advirtió de que ningún resto podría salir del monasterio, según le había señalado la superiora, cuando José Antonio Sánchez propuso su traslado para continuar la investigación en Madrid.

«Tenga en cuenta que estas son nuestras hermanas», susurró la religiosa poniendo de manifiesto los estrechos lazos que unen a esta comunidad más allá incluso de la muerte. Aquella mañana eché de menos a sor Concepción, la capuchina encargada del archivo y una de las expertas en todas las cuestiones relacionadas con la historia del convento y Salzillo. La religiosa estaba enferma.

Al día siguiente, cuando les entregué dos actas donde aclaraba los detalles de la intervención, ella confesó que se había llevado un gran disgusto al no poder estar presente. En esta ocasión, las capuchinas parecían tranquilas: habían comprobado el día anterior que los restos de sus compañeras fueron depositados en los nichos, que luego se taparon de forma provisional con dos placas.

Era la segunda vez en menos de un siglo que la comunidad religiosa protagonizaba la identificación de los huesos de sus monjas. La primera sucedió tras la Guerra Civil y la destrucción del convento primitivo de la orden.