La Verdad

Ejercicio de nostalgia

  • Como si nos hubieran sentado ante una chimenea una tarde lluviosa de domingo, así nos sentiremos los lectores con esta novela en la que Isabel Martínez Barquerole entrega su voz a Mercedes Ortega

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Como si nos hubieran sentado ante una chimenea una tarde lluviosa de domingo, así nos sentiremos los lectores con esta novela en la que Isabel Martínez Barquerole entrega su voz a Mercedes Ortega para que nos cuente los avatares de cuatro generaciones de la familia Abellán Ortega, a caballo entre Lorca y Murcia.

Varias generaciones en las que late la vida de finales del siglo XIX y medio siglo XX, por cuyos años pasaron los personajes dispuestos a dejar su huella, profunda y firme, dispuestos a extraer a la vida todo el meollo posible, tanto en los buenos momentos como en aquellos otros en los que el destino se pone a jugar con cartas marcadas. Porque uno de los méritos de la autora es el de haber huido de la tendencia facilona que habría supuesto quedarse solo con lo bueno y rosáceo, o de la extremadamente trágica en caso de haberse centrado solo en los malos momentos. Además, la historia se va haciendo con el lectorpor la morosidad del ritmo narrativo, lento como el fluir de un arroyo y capaz de encabritarse cuando es menester, cuando la vida decide que el acelerador ha de poner patas arriba lo que se creía confortable.

Amores complejos, imposibles, convenciones sociales dinamitadas, enemistades de décadas, pero sobre todo mujeres muy fuertes, mujeres que son el motor familiar incluso cuando no forman parte de la familia. Isabel Martínez Barquero reivindica la nostalgia casi tanto como el papel de estas mujeres capaces de correr la maratón que es la vida, verdaderas cabezas de familia de tantos y tantos clanes, en una época convulsa en nuestro país a la que tampoco le vuelve la espalda, al igual que no renuncia a mostrar algunos defectos importantes de su propia tierra. Narración gustosa como las especias, intensa como los buenos guisos y reposada como los licores de una sobremesa eterna. Solo queda sentarse y disfrutarla.