El detonante de la sublevación

La Reforma fue el resultado del debate abierto por la denuncia de Lutero sobre la corrupción en la Iglesia

PEDRO ONTOSO

El 31 de octubre de 1517 Martín Lutero clavó en las puertas de la iglesia del palacio de Wittenberg, en el norte de Alemania, su famosa carta a Roma en la que recogía 95 tesis de lo que sería el embrión de un movimiento depurador de las grandes deformaciones del cristianismo. Ese mismo año, el papa León X estuvo a punto de ser envenenado por su médico a instancias del cardenal Petrucci. La conjura fue descubierta en el último momento. El purpurado fue procesado y estrangulado en el castillo de Sant'Angelo y sus cómplices, descuartizados. En ese clima de conspiraciones y corrupción en la Curia vaticana, la iniciativa del monje agustino, profesor del Nuevo Testamento, germinó de manera rápida y se convirtió en una doctrina que impactó de manera decisiva en lo religioso, lo político y lo social.

Lutero había estado unos meses antes en Roma y no le gustó nada de lo que vio. Es más, apuntaló su convicción de que la Iglesia necesitaba una urgente reforma. A su regreso a Wittenberg decidió escribir sus 95 tesis contra el comercio de indulgencias, que permitía acortar el tiempo en el purgatorio antes de ganar el cielo. Los predicadores ofrecían indulgencias papales, la salvación pese a los pecados, a cambio de dinero.

En el caso de Alemania, y por deudas contraidas por sus príncipes, la recaudación de fondos servía también para financiar la construcción de la basílica de San Pedro, el proyecto arquitectónico impulsado por una Curia apuntada a la avaricia con el beneplácito de León X, de la dinastía de los Médici.

En su libro 'Historia de los papas', Juan María Laboa resume su pontificado como «una gran escenificación teatral, con más de 683 servidores en su corte, que se encargaban de programar una fiesta continua con banquetes, representaciones, ceremonias tanto religiosas como profanas, cacerías y recitales de poesía». El historiador concluye que León X no tuvo tensión moral ni inquietud religiosa cuando la Iglesia sufrió una de las crisis más radicales de su historia.

En efecto, eran tiempos en los que en el trono de San Pedro se sentaban pontífices abonados al nepotismo, carentes de principios y que gobernaban sin escrúpulos, apoyados en una Curia administrativa que suponía un coste elevado. Los impuestos papales exprimían a toda Europa, anota el teólogo alemán Hans Küng en su libro 'La Iglesia católica' en el que analiza la evolución histórica de los concilios, como el de Constanza (1414-8), que se encargó de la reforma de la Iglesia. Allí se consiguió restaurar la unidad tras el cisma que representó la duplicidad de sedes en Roma y Aviñón -y de gastos-, pero nada se pudo hacer contra el absolutismo papal y el sistema de la curia romana.

Ya en esa época, como recoge Küng, la curia, «como cuerpo regulador y autoridad permanente, era más fuerte que la institución extraordinaria del Concilio. Su lema era: los concilios vienen y van, pero la curia romana permanece». Roma siguió ignorando los decretos de Constanza con el apoyo de los reyes, que en aquella época eran un maridaje conflictivo pero eficaz. El teólogo suizo destaca que los monarcas temían aún más las ideas conciliares (por democráticas), por lo que estaban más interesados en la preservación del 'statu quo' eclesiástico que en la reforma del papado.

León X fue incapaz de ver lo que se le venía encima. En ese contexto surge el movimiento de Lutero. El agustino siguió perfilando su programa y su pensamiento y en 1520 publicó cuatro bulas que han pasado a la historia como sus grandes textos reformadores. En 'Del papado' proclama que el Papa está sometido a la autoridad de las Sagradas Escrituras, como todos los cristianos. En su 'Manifiesto a la nobleza alemana' combate el carácter sagrado que tiene el sacerdote y vuelve a cargar contra la autoridad del pontífice. En 'De Captivitate Babylonic Ecclesiae' aborda la doctrina de los sacramentos, que los reduce a dos: bautismo y comunión. En 'Libertad cristiana' sostiene que el cristiano es dueño y señor de todas las cosas.

Lutero, entonces, era un católico leal que denunciaba los abusos de la Iglesia y reclamaba su retorno al Evangelio de Jesucristo. La Reforma puso el acento en la libertad de los cristianos. Pero el llamamiento de Lutero no se dirigía solo a los fieles sencillos, sino que apelaba también a emperadores, reyes y nobles. Aquello era explosivo.

La agitación estaba en marcha. Además, la expansión de la imprenta favoreció la difusión de las ideas de Lutero en toda clase de escritos. La traducción de la Biblia al alemán fue el espaldarazo definitivo. La curia romana se puso en guardia. Lutero fue llamado a Roma y conminado a retractarse. Pero no obedeció y siguió predicando su doctrina. León X le condenó en la bula 'Exurge Domine' (1520), texto que el monje agustino lanzó a las llamas de una hoguera en la plaza de Wittenberg. «Es una vieja costumbre quemar libros malos», justificó. El Papa lo excomulgó. Solo faltaba la sanción de Carlos V. El emperador le citó en la Dieta de Worms, pero el fraile no se retractó de su doctrina. Fue desterrado del Imperio y acogido por el príncipe elector de Sajonia. Había pasado cuatro años desde su desafío y la reforma progresaba a una velocidad sorprendente.

Y en estas llegó al trono de San Pedro Adriano VI, un hombre austero, honrado y sensato. El pontífice nórdico no tenía nada que ver con el carácter mundano de su antecesor ni con su abulia gestora. Declaró la guerra a la curia -fue objeto de un homicidio frustrado y sufrió un intento de envenenamiento- y encaró el luteranismo como una purificación de la administración central de la Iglesia, pero el movimiento tenía mayor calado. Su pontificado apenas duró año y medio. Le sucedió Clemente VII, otro Médici, que llegó al papado comprando el voto de varios cardenales, algo habitual en la época. Se dedicó más a la política que a la religión. Su escasa formación teológica le impidió comprender el significado de la reforma luterana. En 1527 se produjo el famoso 'saco de Roma', cuando los soldados de Carlos I arrasaron la ciudad y cometieron numerosos asesinatos. Clemente VII, que se había refugiado en Sant'Angelo, encargaría después a Miguel Ángel el Juicio Final que adorna la Capilla Sixtina.

El pontificado siguiente, bajo la gestión de Pablo III, es importante porque en 1540 llegó a Roma Ignacio de Loyola y el Papa emitió la bula 'Regiminis militantis Ecclesiae', por la que se aprobaba la Compañía de Jesús. El azpeitiarra, que nació bajo el signo de la guerra, se convirtió en el primer general de esta orden. Llegó en plena encrucijada de la reforma protestante y católica.

¿Fueron los jesuitas la fuerza de choque contra Lutero? Küng señala que se convirtieron en la élite cuidadosamente seleccionada, entrenada a conciencia, y por tanto efectiva, de la Contrarreforma. Laboa concede que se convirtieron en la fuerza más revolucionaria, más creativa y más importante de la reforma católica y en uno de los baluartes principales del papado. En pleno trauma religioso-social, «renovaron la vida espiritual del catolicismo, dignificaron la vida eclesial y consiguieron que la institución fuera más respetada y seguida». En 1542 se creó el Tribunal del Santo Oficio (la Inquisición) y se publicó el primer Índice de libros prohibidos. Tres años después comenzó el Concilio de Trento, que bendijo la recatolización de Europa. Luego siguieron las guerras de Religión.

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