Entre Rubens y Van Dyck, pintura y poesía

'Virgen de Cumberland', de Pedro Pablo Rubens./
'Virgen de Cumberland', de Pedro Pablo Rubens.

PEDRO SOLER

La exposición 'De Rubens a Van Dyck. Buscar la pintura y hallar la poesía', que puede contemplarse en el Centro Cultural Las Claras, presenta cuadros con atractivo para emocionar a cualquier espectador. La relación entre pintura y poesía obedece al poema que Lope de Vega dedicó a un retrato de Felipe IV, realizado por Rubens. En él, el dramaturgo español define al pintor alemán como el «nuevo Tiziano», otro genio mundial de la pintura.

Organizada por la Fundación Cajamurcia, dentro de su 'Proyecto Huellas', la exposición oferta una amplia relación de pintores, que se integran, en su mayor parte, dentro de los siglos XVI y XVII -aunque también se extienden hasta el XVIII- y que sin duda suponen un auténtico descubrimiento para cuantos no se encuentran muy versados en el mundo de la pintura. Al margen de los dos maestros insignes, que se imponen en la exposición, también puede hablarse de otros autores de renombrada talla, como serían los que forman parte de la saga de los Brueghel. Parece conveniente, sin embargo, no centrarse en los nombres, ni tampoco incidir en las escuelas y estilos en que cada cual se manifiesta -sea escuela flamenca, manierismo, barroco...- porque esta exposición, que forma parte de la Colección Gerstenmaier, debe contemplarse con una amplitud de miras, que evite cualquier limitación. El espectador se va a encontrar con una serie de obras que le van a provocar auténtica admiración, originada por una atractiva variedad de temática y formatos.

Cierto que la temática religiosa ocupa una mayor presencia, algo lógico también al tratarse de épocas, en que era una preferencia artística generalizada, y cuando, además, se imponen los grandes genio del arte cristiano; pero también la serie de bodegones ocupa un espacio más que convincente, para demostrar hasta qué punto es un modelo del que se ocuparon los mejores artistas. El paisaje apenas está presente, en cuanto al número de obras, solo dos, pero una de ellos, al menos la denominada 'Paisaje de montaña con mulas', de Joost de Momper 'El Joven' y Jan Brueghel 'El Viejo', demuestra una belleza convincente, con una profundidad ilimitada, y con una serie de detalles, que aunque puedan parecer desubicados del entorno, sirven para enriquecer el conjunto de esa amplia panorámica. Este es también uno de los cuadros, en los que se reconoce claramente el trabajo dual, que desempeñaban los pintores ante determinadas obras; una labor que también está presente en otras de las piezas expuestas. La mitología está representada en esta relación temática, que se cierra con los retratos de los dos principales protagonistas de la exposición: Pedro Pablo Rubens y Antón van Dick.

Las Claras expone también una serie de grabados que retratan a importantes personajes de aquella época

Es imposible comentar con detalle la mayor parte de las obras, pero, al margen del paisaje citado y del sentido imaginativo, que numerosos artistas derraman sobre sus cuadres, a la hora de elaborarlos o interpretarlos, habría también que citar el lógico y respetuoso comportamiento ante las imágenes religiosas, en las que se impone la ternura y la devoción, cuando de la Natividad se trata, o la intensa fuerza, cuando el protagonismo recae sobre la Crucifixión. Véanse, como ejemplos, 'Adoración de los ángeles y los pastores', de Martín de Vos, o 'Calvario', de Adrián Thomasz Key'.

Los bodegones, conjuntos epatantes

Los bodegones son un compendio del perfeccionismo barroco, porque, más allá de la categoría de algunos de los artistas presentes, es evidente que las obras incluidas en esta temática derrochan un enorme esfuerzo del autor, porque en ellas se confabulen, en su máximo esplendor, flores, frutos, objetos.., que se muestran marcados por unos reflejos, que presionan para que la belleza del conjunto sea más epatante. Algo similar puede afirmarse en torno a las piezas dedicadas a la mitología, en las que, sean óleos o grabados, la singularidad de las escenas se convierten en fuerza imaginativa y arrebatadora. Punto y aparte merecen los retratos de Jean Charles de Cordes y Jacqueline van Caëstre, que, aunque copias de los realizados de Van Dyck, demuestran la maestría depositada por el autor en los originales; maestría, que también permanece en la serie de grabados de personajes ilustres de aquella época, que el artista dejó como un legado artístico, pero también histórico. Y, como remate, otros dos grabados de Felipe e Isabel de Borbón, de Pedro Pablo Rubens, en los que destaca un análisis aquilatado de la serenidad que derrama la faz del monarca y de su esposa. Habría que añadir, honestamente, que el catálogo editado se convierte en instrumento imprescindible, para conocer con las máximas referencias a los autores y las vicisitudes que atravesaron cada una de las obras expuestas.

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