Ramón Gaya: la ciudad y la huerta

'El granado', cuadro de Gaya de 1980./
'El granado', cuadro de Gaya de 1980.

PEDRO SOLER

Cuesta trabajo limitar el comentario a la obra pictórica, en la exposición que el Museo que lleva su nombre ha montado, bajo el título 'La huerta y los huertos en la obra de Ramón Gaya'. Y cuesta porque los textos con los que el pintor insigne describe la huerta son tan explícitos y definitorios como la riqueza expresiva que evidencian sus cuadros. Gaya escribe: «La ciudad no es nada, o mejor, no es nada ella sola, sino en función con su huerta y su cerco de montes...». También aseguraba que «los huertos que rodeaban la ciudad parecían querer amurallarla blanda y tiernamente. Marcaban una separación entre lo huertano y lo ciudadano, pero eran también como un enlace suyo: defendían amistosamente lo uno de lo otro». Son algunos de los textos que se encuentran en la obra literaria de Gaya, pero escritos en momentos muy distintos -incluso bajo la dolorosa ausencia provocada por el exilio- y que denotan la devoción y cariño que el pintor sentía por la huerta, los huertos y por su Murcia natal. No es extraño, por tanto, que, a lo largo de muchos años, también dedicara sus estancias en la ciudad a recorrer veredas, a saltar acequias, a buscar la sombra de los árboles, a saborear la dulzura de dátiles y nísperos, a oler jazmines..., para luego llevar estos momentos tan íntimos y palpables a unos lienzos en los que brilla una profunda melancolía.

El Museo no ha hecho más que reunir en su sala expositiva una serie de cuadros, que ya pueden contemplarse en los diversos espacios, que ocupan las obras del pintor; pero aquí ha querido darle una consistencia temática, a propósito de la pasada celebración de la III Semana de la Huerta, pero que también se amolda perfectamente con esta otra semana que Murcia vive, en la que la huerta y el sabor huertano se encuentran entre los principales protagonistas. Y lo cierto es que no hay por qué sentir con mayor o menor entusiasmo los sabores huertanos, cuando lo que resplandece en estas obras de Gaya es la sutileza que siempre supo y quiso darle a cualquiera de sus obras. Pudiera parecer -¿por qué no?- que lo más destacado en esta serie es la simpleza de las representaciones; pero, aún siendo así, de inmediato se evidencia la transformación a la que Gaya somete a esos simples vistas e intrascendentes rincones huertanos, convertidos, gracias a sus pinceles en unos paisajes llenos de suaves visiones y en miradas, que se han fijado en contornos, originariamente carentes de importancia, pero que sí aparecen colmados de belleza.

Gaya se fijó en los árboles en flor, en las matas del secarral, en las acequias llenas de fluidez y en unas profundidades que ensanchan enormemente los limitados paisajes que encuadraba en sus obras. Y, cuando deseaba observar una fidelidad definitiva al momento vivido, ahí está la presencia casi palpable del aire que fustiga las palmeras, y las ramas del arboleado que contornean determinados enclaves.

En las obras huertanas del pintor brilla una profunda melancolía También demostró en sus textos todo el fervor huertano que sentía

Todas esas panorámicas nos siguen mostrando, como algo irrenunciable, el modo de hacer de Ramón Gaya, que convierte los colores en unas cuidadas sinfonías y en fieles reproducciones de una realidad patente. No es preciso recurrir a la creatividad, porque en estas obras el pintor reproduce, podría decirse que al pie de la letra, lo que ha captado directamente en esos recorridos huertanos; pero, eso sí, otorgándole las propias calidades y el sello personalísimo que la pintura de Gaya destila.

Extramuros

En algunas de las obras expuestas, se advierte una fusión entre ciudad y huerta, porque son zonas de barrios extramuros y los aledaños huertanos los protagonistas. Ahora son como testimonios irrecuperables de unas zonas, que el paso del tiempo se llevó por delante, pero que todavía podemos contemplar, gracias al interés que Gaya demostró por pintar la huerta en sus más profundas interioridades o en esos retazos, que se veían abocadas a la desaparición. También hay cuadros en los que el pintor vivifica los ambientes huertanos, al recoger el baño de la mujer, en la balsa rodeada de cañizos, o a aquella otra fémina, que procede a vestirse en la intimidad de su habitación. En ambos casos, a través del ventanuco y del espacio libre, asoma la huerta, emitiendo un abrazo que rodea los ambientes del baño y de la vestimenta.

Puede decirse que Ramón Gaya fue un enamorado de esa huerta, convertida en «el paisaje que estrecha a Murcia», y de esos huertos, que fueron «lugares de vida verdadera, profunda, apretada, intensa, completa».

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