Párraga, excepcional y único más que extraño

Vidrieras taurinas, de Párraga, en el Museo de Bellas Artes./
Vidrieras taurinas, de Párraga, en el Museo de Bellas Artes.

PEDRO SOLER

Mejor que 'El extraño pintor', título de la exposición del Museo de Bellas Artes que evoca los veinte años de su muerte, es decir que se trata de un «artista excepcional, único, que durante más de cuarenta años produjo una obra extensísima, sorprendente, inabarcable y muy personal». Así es como definen a Párraga Fernando Ureña Villanueva y Antonio Hernández Valcárcel, comisarios de la muestra. Lo de extraño encierra ciertos tonos minusvalorados que no se debieran aplicar nunca a este pintor, por muy singular que pareciese a no pocos contemporáneos de aquella Murcia, en la que tan constantemente estaba implicado.

Sin afán de exagerar, Párraga fue un mito, pero convertido en una realidad llena de genialidades artísticas, que bien pueden comprobarse a través de las obras que ahora se contemplan en el museo. Hay de todo lo que pueda y quiera verse, porque Párraga fue un 'totum revolutum' artístico, que no despreciaba cualquier salida a su ingenio, estampado en todo material al alcance de su mano. Esta es una de las bondades de la exposición, a la que es preciso sumar que todas las piezas expuestas forman parte de colecciones particulares, que posiblemente muy pocas veces han podido ser contempladas, desde hace mucho tiempo o nunca. Pero no hay que olvidar la respuesta que Párraga solía aplicar a esos materiales, unidos a unas formas, que sin duda expresan las características más personales del autor. Vidrieras, pirograbados, aguafuertes, dibujos... se van sucediendo, en una claridad suprema de que se trata de obras surgidas de una misma mano, aunque con la precisión artística, que solo un entusiasta como Párraga podía aplicar a sus partos mentales.

Aquel incansable transformador de cualquier idea imaginable presenta en esta exposición algunas piezas con una exclusividad arrolladora; sin duda, la más impresionante es esa vidriera taurina, valioso patrimonio de la antigua Imprenta Belmar, en la que se impone el estilo parraguesco y en la que brillan esos rasgos, que siempre quedaron evidentes en las obras del autor, pero también unas tonalidades cromáticas, que envuelven rodo el contenido de la pieza. La sintonía de Párraga se extiende sobre otros cuadros, que muestran contenidos fácilmente asequibles para el espectador, o se convierten en auténticos enigmas. En realidad, el método expresivo brotaba de la libertad que siempre utilizó este artista para crear sus piezas. Porque también las hay, que gozan de un método abstracto o de un tradicional campo figurativo, con la salvedad, se repite, de que permanece indemne la técnica, el estilo, el sello de un Párraga, que quiso imponerse a extrañas influencias. Incluso, cuando quiso salirse de unas líneas interpretativas, para proporcionar mayor rienda suelta a su sentido creativo, gustaba de romper sus propios esquemas, figurativos o abstractos, para recurrir a simbologías, en las que se nota más palpablemente la libertad interpretativa de que era capaz. Pero siempre, con la precisión de que se trataba de obras que surgían de una misma mano, de una mente entregada a la persistencia de su trabajo artístico. El paso de tiempo no ha borrado ni a Párraga ni la categoría de su obra.

El Museo de Bellas Artes presenta un conjunto de obras que muestra parte de la trayectoria del fallecido pintor

Kihong Chung, en La Aurora

La infrecuencia de la pintura oriental en salas murcianas no es óbice para que la serie que, bajo el nombre de 'Luz', presenta en La Aurora el pintor surcoreano Kihong Chung, ofrezca ua atractivo inmediato, por sus recursos visuales, especialmente. Son obras que demuestran el intenso trabajo que el autor ha derramado sobre ellas, y ejercitando una práctica que elude errores, que provocarían el acabado de los cuadros.

Obras, que responden al interés constante por extraer luminosidad de unos planos oscuros. Están basadas en una técnica oriental, denominada 'sumi-e', a base de aguadas sobre metacrilatos, pero que, al margen de sus aplicaciones metódicas, encierran otros sentidos, incluso de corte religioso, entre los que destacan el respeto hacia la naturaleza. En esto se basa la insistencia de Kihong Chung, y también por esto la necesidad de saber interpretar el sentido más íntimo de los contenidos y la aplicación que el artista busque aplicarles. En este caso se ha querido recurrir a una ilación entre los distintos cuadros, porque no se trata de obras sueltas, sino que marchan enlazadas por lo que podría llamarse un inicio y una salida. Son piezas que encierran un manifiesto sentido vital en los contenidos de los nidos y en la floración de las ramas, sobre todo; incluso del fuego de los troncos quemados brota una luminosidad viva, como contenido esencial de esta serie del artista surcoreano.

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