Los paisajes de Sorolla tierra adentro

'El arco iris. El Pardo', obra pintada en 1907./
'El arco iris. El Pardo', obra pintada en 1907.

PEDRO SOLER

No es otro Sorolla, como alguien sería capaz de afirmar, pero sí son otros cuadros del pintor valenciano, capaces de desviarnos de la visión y del concepto que tenemos sobre su pintura. Pero el título de la exposición -'Sorolla, tierra adentro'- bien puede definirnos el contenido de los lienzos que pueden contemplarse en el Museo de Bellas Artes. Y habría que decir bien pronto, que se trata de eso: de una contemplación, llena de profundidades, que nos amplía el conocimiento de un gran pintor, quien nos dejó asombrados, especialmente por el contenido marino de sus obras. Las que ahora se presentan cambian totalmente estos contenidos, porque, frente a las conocidas visiones mediterráneas, Sorolla refleja, sobre todo, sus hallazgos en zonas de Andalucía, Madrid, Asturias o País Vasco, donde quedó impresionado por la fortaleza del color y por las zonas umbrías de los paisajes.

Por tanto, lo que ahora puede admirarse son paisajes montañosos, en los que siguen presentes colores de enorme riqueza y variedad, y, también, los rasgos luminosos con los que impregnaba la serenidad del mar o los arrebatos marinos. Porque la luz, que para Sorolla sería elemento imprescindible, siempre con las máximas posibilidades de aparecer en campiñas, retratos, vestimenta humana o escenas hogareñas, no puede estar ausente de esta serie, por muy de tierra adentro que sean. Convierte, conscientemente, las cimas de los montes en un reflejo del sol o deja aparecer las nubes como un complemento imprescindible, acaso no para el paisaje en sí mismo, pero sí para apurar esa idea de la luminosidad tan imprescindible. También hay ocasiones en las que los bosques aparecen parcialmente desprovistos de su contenido esencial, que son los árboles, con la intencionalidad de los reflejos del sol hagan acto de presencia en los fondos o sobre las sendas que cruzan los tramos de los boscosos espacios.

Es también preciso comentar -nunca criticar y, a estas alturas, menos- la intensidad y variedad de los colores, aplicados al realismo paisajístico. La fortaleza que desprende el verdor del arbolado, con sus correspondientes y precisas variedades, junto al rojo abrasador y al negro ofuscado, también presentes en algunos de los cuadros expuestos, parecer ser la evidencia no solo de su directa relación con el entorno a la hora de componer una obra, sino de su saber recoger todas las sensaciones cromáticas que el paisaje pudiera ofrecerle.

Gustaba de pintar al natural esas vistas de fondos inalcanzables o de rincones más recogidos, porque en la amplitud de unos y en el intimismo de otros, encontraba los marcos adecuados para dar una definición muy personal sobre una explosión cromática. Además de estos paisajes montañosos, en la exposición también se presentan otros lienzos de carácter urbano, en los que Sorolla incluye templos y catedrales, o humildes casuchas, pero sin abandonar sus preferencias por la luz y su sentido paisajístico, de modo que la magnitud monumental de unos edificios o la humildad de otros parecen ser complemento de la obra en sí, porque, también aquí, le interesa, sobre todo, la amplia visión de los contenidos, en los que pueden confabularse los seres humanos, el vergel y el entorno costumbrista. Y, por supuesto, el amor por la luz, capaz de transformar en belleza el abandono de deterioradas paredes iluminadas. Todo esto es como una muestra significativa de que para Sorolla cualquier ser, objeto o momento, ofrece las máximas posibilidades de colarse en uno de sus cuadros, no como complemento innecesario, pero sí como estímulo de alto valor artístico.

Pintor que se movió, con mayor o menor intensidad, dentro de los campos naturista, impresionista o costumbrista, no fue muy amante de aquilatar la técnica, hasta el punto de que sus cuadros fuesen un reflejo preciso de sus contenidos. Más bien, gustaba de dejar que recogiesen unas pinceladas llenas de soltura y cuajadas de animación, junto a una multiplicación de colores que se convertían en materia esencial, sin necesidad de que el concepto de la creatividad fuese imprescindible. Sorolla no se dejaba captar por ideas, sino por realidades que contemplaban sus ojos, y a las que dedicaba jornadas muy intensas, para recoger en sus lienzos la panorámica de los entornos. Cierto que no los delimitaba hasta conseguir una perfección técnica, porque no era de su agrado. Huía de las líneas remiradas, que, sin embargo, sí precisaba con mayor dominio en retratos y en la figura humana, porque eran imágenes más ajustadas y menos acomodadas a la soltura de las pinceladas y a la imprecisión que aplica a sus paisajes.

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