El imponente arte oriental y las cabezas recientes

'Bajo el melocotonero', en la sala Two Art Gallery./
'Bajo el melocotonero', en la sala Two Art Gallery.

PEDRO SOLER

Pese al desconocimiento que puede extenderse en torno al arte oriental, podría decirse, por lo que se contempla en la recién creada Two Art Gallery, que las diferencias primordiales son tan manifiestas como las que se pueden advertir ante el retrato de muchos de los orientales, que hoy ocupan oficios y espacios en nuestras ciudades. La diferencia está en el rostro. El resto de los cuerpos -si de personajes humanos se trata- ofrecen unos reflejos que bien pueden hilvanarse con la variedad y las corrientes que afloran en el mundo de arte, a nivel internacional.

Si nos acogemos a la opinión de quienes parecen ser entendidos en la materia, es posible ir descubriendo profundas diferencias, que hacen más asequibles los conjuntos de las obras expuestas, como sucede con Iván de la Torre, a propósito del trabajo 'El regreso de Mao', que se incluye en el catálogo de la citada exposición. Iván de la Torre no se limita a extraer el sentido artístico que puede encerrar cada una de las casi cincuenta piezas presentes. Antes de dar nombres de autores y de pergeñar las interioridades y las causas que surcaron los movimientos artísticos asiáticos, el autor evoca acontecimientos que supusieron una incipiente revolución social, pero que fueron taponados por la eficacia del poder.

La notoriedad del arte oriental arranca con la inesperada apertura a los mercados nacionales e internacionales, que supuso la obra de determinados artistas, lo que podría entrañar una situación de falsedad en el auténtico valor del arte en sí. Sin embargo, hay otros autores, como Yué Minjun, que por haber cuestionado en sus obras la ideología oficial de China, por ejemplo, gozan también de una reconocida popularidad. Y también expone Iván de la Torre cómo iconos revolucionarios han servido a no pocos artistas para «demostrar cómo el capitalismo y el comunismo usan el mismo recurso repetitivo para imponerse».

Al margen de estas teorías sociales, que ayudarían a esclarecer el sentido y contenido de no pocas obras de la colección, lo cierto es que podemos transportar el formato de las esculturas y pinturas expuestas -también, las fotografías- a unos estilos cercanos, como mejor medio de encontrarnos con obras que ofertan un apabullante realismo y no poco sentido de la creatividad artística. La exposición desprende también un aspecto imaginativo, que no ofrece necesidad alguna de enrolarse con otros sentidos de paralelo formato.

Es preciso repasar serenamente el conjunto, para captar la variedad interpretativa, que puede expandirse desde el más tierno gesto, a la más pavorosa situación. Es evidente un interés de los artistas orientales -Iván de la Torre afirma que la productora más importante sigue siendo la gigantesca China- por penetrar en un redescubrimiento e invención de seres inconcebibles, nunca vistos y difícilmente imaginables. No hay duda de que el conjunto de la obra expuesta habrá sido una novedad para acérrimos del arte y para curiosos de ver lo novedoso.

'Cabezas recientes', de Rubén Zambudio

En la serie 'Cabezas recientes', que Rubén Zambudio presenta en la sala Progreso 80, podría decirse que existe algo más que continuidad de una misma imagen. Pese a que se trata de una acumulación, en la que priman unas formas y una idea, es fácilmente perceptible que el autor ha jugado a dar variedad a los objetos circunstanciales, que se transforman no solo en la resolución definitiva, sino también en la multiplicación cromática que va aplicando. Luego, hay otras obras en las que la cabeza sigue siendo el protagonista principal, de modo que inunda la mayor parte de las posibilidades del plano, aunque no faltan diversos objetos, que sirven de complemento y que, en determinados momentos, envuelven esas cabezas, aunque bien poco quieren ofertar algún tipo de utilidad, para proporcionar un mayor contenido a las obras.

Parce como si Zambudio se hubiese dejado impregnar por un conjunto sobre el que no ha vertido síntomas de descubrimiento, pero sí insistencias bien visibles, machaconas, para que esas cabezas masculinas se vayan concretando en fingidos retratos, con capacidad de atraer la atención del espectador, de modo que este no se sienta alejado por la monotonía. Sobre esta serie, que alcanza los cincuenta ejemplares, pudiera escribirse una historia descriptiva, para dar a cada una de las cabezas, emanadas de un sueño, sin más orden y concierto que el que el propio pintor ha vivido. Y en esa descripción, si en el gesto de cada rostro humano puede hallarse un retrato ideal diferenciado, la acumulación y la variedad cromáticas se convierten en unos sumandos enriquecedores de cada pieza.

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