La grandeza de una generación de escultores

Escultura de Pepe Molera./
Escultura de Pepe Molera.

PEDRO SOLER

Es, sin duda, una de las mejores exposiciones que se ha montado. La grandeza que encierra 'Murcia: Una generación de escultores' no radica solo en el listado de nombres, sino en la variedad de estilos, que delimitan claramente el campo de actuación de cada uno. Como maestros figuran José Planes y Juan González Moreno; como aprendices, Antonio Campillo, Pepe Molera, los hermanos Francisco y José Toledo, Pepe Carrilero y Hernández Cano. Posiblemente, habrá quienes se muestren extrañados por la ausencia de nombres, que también suenan en el círculo de la escultura murciana, como, por ejemplo, los de Elisa Séiquer, Pepe González Marcos, Pedro Pardo, Lola F. Arcas y algunos otros; pero debe tenerse en cuenta que pertenecen a una generación posterior a la de los citados previamente.

No puede más que lanzarse un trazo definitorio sobre cada uno de los escultores y las, por lo general, espléndidas obras, que pueden contemplarse en la sala abierta en la planta baja del Ayuntamiento de la capital. La máxima capacidad descriptiva quedará demostrada, cuando se presente el libro que el historiador de arte Martín Páez ha escrito sobre tamaño evento. Pero sería excesivamente restrictivo no dejar caer un breve comentario sobre cada uno de los escultores. Porque, empezando por Planes, basta con lanzar una mirada superficial hacia las obras presentes, para advertir de inmediato que estamos ante un artista plenamente sensibilizado con la elegancia, como evidencia a través de trabajos de muy distinto signo. Es un gozo modernista, que campea dentro de un estilo figurativo, lleno de magistral destreza, que se va ampliando al encuentro con la exquisitez de las formas y de la sencillez de las líneas. Si de González Moreno se trata, estamos ante otro escultor, que entiende su obra como un más profundo canto a la figuración, pero liberado de sobrecargas inútiles. Busca un perfeccionismo en las imágenes religiosas, pero, sobre todo, en los bustos que recogen retratos de damas de la sociedad murciana. Los volúmenes se convierten en formato imprescindible, con clásicas evocaciones que también juegan un papel preponderante en las figuras.

Respecto a los aprendices, Antonio Campillo puede figurar como uno de los ansiosos por realizar y por descubrir. No es, por tanto, extraño que en la exposición se encuentren obras que entrañan unos cambios que hasta podrían parecer de corte radical. Lo que Campillo hará siempre es seguir un criterio muy personal, dentro del mundo figurativo que va aquilatando a la búsqueda de una culminación de las piezas, en libertad y en movimiento.

Por su parte, Pepe Molera también gusta de actuar por libre, respetando el método que le aplica a la imaginería religiosa, y los métodos más novedosos, a la hora de conformar piezas de cariz profano, en las que recurre a unos formatos conscientemente sobreformateados, que denotan el ansia de originalidad del autor. Tampoco puede olvidarse su devoción por los retratos que, como afirma Martín Páez, ofertan «airoso modelado y una meticulosa descripción del parecido». Si nos encontramos con Francisco Toledo, es fácil advertir el interés por conservar el sentido más habitual de la escultura, pero aplicándole, a la vez, unos acertados síntomas de movilidad. Recoge escenas cotidianas, aunque también asentadas en un formato de raíces clásicas, que parece ser el camino definitivo, la propia personalidad, que el autor quiere inyectar a su obra. En no pocas ocasiones, se impone un sentido casi trágico, que vivifica aún más los contenidos. Y, respecto a Hernández Cano, parece obligado recurrir a su bronco carácter, porque, al contemplar sus obras, nos descubre su capacidad de reconversión artística. Junto a piezas cargadas de un realismo clasicista, recubiertas siempre de sus toques personalísimos, nos encontramos con esas otras, que nos evocan a Planes, porque la lisura en los trazos es como un increíble descubrimiento.

Todavía siguen creando Pepe Toledo y Carrilero. Son los dos escultores, que buscan un sentido más original y arriesgado. Toledo se complace en agilizar al máximo el movimiento de las figuras o de darles una significación de toques misteriosos. Los volúmenes son elementos imprescindibles, que ofrecen la mayor posibilidad creativa. Es un campo en el que Toledo se recrea, otorgándole una sensación figurativa. Y Carrilero encuentra en la voluminosidad, conscientemente modificada, la mejor sensación estética. Si sus figuras son monumentales, el volumen llena de hermosura los espacios; sin son de pequeño tamaño, se advierte como una recreación en los perfiles, para que la figura se nos presente recogida en sus lindezas. Es una confabulación entre la figuración y el afán de impregnar a sus obas de unos toques modernos y llenos de búsquedas creativas.

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