Artistas de barrio con principio y fin

'Ojos verdes', de Molina Sánchez, en la exposición 'Santa Eulalia, barrio de artistas'.
'Ojos verdes', de Molina Sánchez, en la exposición 'Santa Eulalia, barrio de artistas'.

PEDRO SOLER

De la exposición 'De un tiempo, de un lugar. Santa Eulalia, barrio de artistas' se podría escribir lo que ya se escribió sobre 'Arte y mecenazgo', que continúa presente en el Palacio del Almudí: es un homenaje a grandes escultores y pintores murcianos, aunque en esta ocasión no puede negarse que faltan muchos, porque se trata de una muestra con espacios limitados al murciano barrio de San Eulalia. Es emocionante ese recorrido genérico, que puede cambiarse por entusiasmo ante determinadas obras, muchas prácticamente desconocidas para el gran público y algunas inéditas, como sucede con una escultura de Antonio Campillo y un retrato de Gómez Cano.

Salvo la puntual presencia de Salzillo, por su imagen de San Blas, el resto de la exposición corresponde a piezas de artistas murcianos, integrados en los siglos XIX y XX. No puede negarse que la calidad de la mayor parte de las obras es una evidencia, no porque sean originales de tan notables autores; también porque, aunque se trate de cuadros y esculturas pertenecientes a colecciones públicas y privadas, conservan los rasgos calificativos, que muchos de los artistas presentes imprimieron a sus creaciones en los mejores momentos de su actividad artística.

No parece adecuado, ni conveniente, en exposiciones de este porte colectivo, considerar una a una las obras expuestas; pero tampoco estaría de más resaltar que en bastantes queda bien visible que, en el momento de su creación, sus autores parecían atravesar un momento espléndido de su trayectoria artística. Por esto cautiva el multiplicado cromatismo que derrama la obra de Molina Sánchez, rodeada, además, de serenidad y lirismo; la búsqueda novedosa de Paco Toledo; los retratos realizados por Gómez Cano y Mariano Ballester; la agilidad y el equilibrio con que Hernández Cano dota a sus figuras femeninas; ese misterioso arlequín de Párraga..., sin olvidar que también están presentes representativas obras de autores tan respetables como Gaya, Luis Garay, Pedro Flores, Falgas, Carlos Gómez Cano, González Moreno, Antonio Garrigós, Elisa Séiquer, Pepe Toledo , Pedro Pardo... Si nos remontamos en el tiempo, los métodos y las imágenes cambian, porque se tratan de otros estilos, en los que se expresaron con la mayor naturalidad artistas de la talla de Sánchez Picazo, con sus aromáticas cestas de flores; Alejandro Séiquer con el encanto de sus neonatos polluelos; o Sobejano, rodeado de ambientes huertanos. Estamos ante una recopilación, organizada por la Concejalía de Cultura del Ayuntamiento de Murcia, que debiera continuar con próximas ediciones por este u otros barrios de Murcia, porque se trataría de oportunidades en las que saldrían a la luz obras tan atractivas y emotivas como las que ahora se muestran en el antiguo convento de San Antonio.

'El principio y el fin', en Galería Léucade

Se aprecian unos claros síntomas de misterio y confusión en la exposición 'El principio y el fin', de Raúl Romero, en la galería Léucade. Y no es de extrañar lo afirmado, porque estamos ante un autor, ya perdido, cuya vida parece un cúmulo de contratiempos, pero también de una libertad artística, que le permitió adentrarse por tendencias de corte cubista, abstractas o de acercamiento a la figuración. Esto queda patente en sus obras, arrebatadas de significación, y en las que juega a utilizar el color como mero acompañamiento o a dejar que aparezcan en blanco y negro, como un síntoma de sus aficiones expresivas, tratadas como una experiencia personal.

El comportamiento que, al parecer, quiso vivir este artista, se deja asomar en no pocas de las obras, que parecen inconclusas, pero que son la respuesta más firme al deseo interpretativo de Raúl Romero. Lejos de ajustarse a unos formatos que le hubiesen proporcionado seguridad, la duda le llevó a disquisiciones muy diferenciadas, en las que queda demostrada su patología artística. También hay piezas en las que se pueden advertir unas pretensiones de un método perfeccionista, quizá poco apropiado a los que el espectador busca. Y no se trata solo de unas imágenes, porque en ellas aparece frecuentemente una función que desempeñan los personajes, con gestos y rostros, en los que fluye un cierto patetismo, que para Raúl Romero debió ser una situación estándar. La libertad creativa fue sin duda el fin que buscó este artista, que también se nos aparece en un autorretrato con un gesto lleno de rotunda expresividad, de mirada perdida, pero hacia alguna parte. Además de la exposición, galería Léucade ha instalado una sala permanente con doce obras de este autor, que resumen las etapas en las que está catalogada su historia pictórica.

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