La Verdad

Una de las obras expuestas en Café-Bar El Sur.
Una de las obras expuestas en Café-Bar El Sur.

Treinta cumpleaños y la nieve única

  • Habría que decir que no se producen saltos, pese a que la exposición colectiva, que presenta el Café-Bar El Sur, en su XXX aniversario, está compuesta por la obra de una treintena de artistas que han estado presentes en Murcia en las tres últimas generaciones

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Habría que decir que no se producen saltos, pese a que la exposición colectiva, que presenta el Café-Bar El Sur, en su XXX aniversario, está compuesta por la obra de una treintena de artistas que han estado presentes en Murcia en las tres últimas generaciones. Por esto se advierte una clara sucesión intergeneracional que se inicia con la escultora Elisa Séiquer y el pintor José María Párraga, y que se ha prolongado hasta autores tan recientes como Lucas Brox con la presencia sucesiva de aquellos otros, que hoy también son recuerdos imborrables de un tiempo pasado o vivas presencias de los penúltimos tiempos.

Y el paso del tiempo obliga incuestionablemente a sentir nostalgia por cuantos estuvieron y ya no están, y que, de algún modo, la exposición ha reivindicado. Hay nombres -ahí están Rafael Rosillo y Enrique Larrosa- que son recuerdos, pero entre un mínimo grupo de evocadores, porque ellos fueron, cada uno a su manera, muy singulares y pronto faltaron a aquellos aires renovadores que se vivían en la Murcia artística de entonces. Otros, como Pepe Marcos, Garza, Pedro Pardo, quienes también formaban parte de un liberal grupo artístico, y cuya obra, pese a una ausencia más pronta de lo necesario, ha ido recibiendo el respaldo de quien se ha preocupado de que no se olvidase para siempre, sino que recuperara la frescura que el paso del tiempo otorga a las piezas artísticas. De todos estos pueden contemplarse en la exposición obras, generalmente de pequeño tamaño, pero que definen como fue el modo de batallar de cada cual, en defensa numantina de unos concretos ideales. Sucede igual con autores que todavía batallan por ofrecer en sus piezas el vitalismo y la rotundidad que, a la par, ofrece la experiencia, como sucede con Lola Arcas, Manolo Belzunce, Esteban Linares, Fernández Saura, Paco Salinas, Jean Pierre Caubíos, Pepe Planes, Tomy Ceballos, Ángel Haro, Flyppy, Javi Borgoñós..., junto a las ráfagas de genialidad de José Luis Cacho, el cambio buscado por Miguel Fructuoso, o las valerosas irrupciones de Alberto Sevilla, Carlos Pardo y Lucas Brox.

Intentar comentar cada una de las obras expuestas es función inadecuado, porque sería, en este caso de modo innecesario, reinsistir en lo que de cada cual otras veces, y con suficiente frecuencia se ha escrito; pero sí hay que aludir al gozo que entrañan estas exposiciones colectivas, en las que, de algún modo, se recuperan piezas públicamente desconocidas y que, a veces, también suelen convertirse en un auténtico descubrimiento. Repasar las obras expuestas es como situarse en otro momento para visualizar la belleza y evocar unos ambientes que mucho han cambiado; además, es ocasión de comparar modos interpretativos, en los que también puede apreciarse la intensidad creadora de unos u otros, y cómo se ha sobrepuesto la personalidad de los autores al paso del tiempo. Esculturas, pintura y fotografía han formado una meritoria y conmovedora alianza.

'El año que nevó', en Chys

Lo que ha hecho Pepe Montijo con la exposición 'El año que nevó', que presenta en galería Chys, podría considerarse como un perfecto malabarismo para otorgar tanta variedad a lo que podría considerarse como una obra sobre un tema único. No quiere decirse que todos los cuadros expuestos se limiten a una única visión, diversificada por el color o la luz, porque no es así, pero el protagonismo está acaparado por la nieve, como elemento primordial, que se asienta sobre la diversificación de colores, que aparecen sobre multiplicados fondos. La nieve se impone como incuestionable componente, pero la dificultad estriba en la capacidad multiplicadora que el autor concede a cuanto lo rodea, con el riesgo añadido de que no siempre queda reflejado un paisaje que pueda responder a una panorámica verdadera. El pintor ha jugado con todas las facetas posibles, ha trabajado las variaciones al máximo, para que el conjunto expuesto no se limitase a una iteración. Las laderas, las umbrías, los cielos... sirven a Pepe Montijo para cerrar en torno a la nieve, siempre límpida, esas visiones que eliminan la monotonía de una temática constante. Luego, el autor aplica a los mantos de nieve una luminosidad intensa, que también prevalece sobre cualquier otro complemento de los cuadros, como bien puede ser los fondos, de muy variados colores. Piezas de pequeño tamaño, que podrían haberse desarrollado, al menos alguna de ellas, con medidas de mayor amplitud. Se hubiesen transformado en una gigantesca panorámica, en una de esas visiones que solo se contemplan desde las más elevadas alturas.