La Verdad

Obra de Peter Greenaway, de la serie 'Los romanos'.
Obra de Peter Greenaway, de la serie 'Los romanos'.

Partes del cuerpo y autorretratos ocultos

  • Las indicaciones que Peter Greenaway introduce ante cada una de las secciones en que se divide su exposición en Verónicas sirven de ayuda incuestionable, para que el espectador reconozca con mayor cercanía cuáles son las pretensiones del autor al concebir esta obra

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Las indicaciones que Peter Greenaway introduce ante cada una de las secciones en que se divide su exposición en Verónicas sirven de ayuda incuestionable, para que el espectador reconozca con mayor cercanía cuáles son las pretensiones del autor al concebir esta obra. Quizá con una sola indicación hubiese sido suficiente, porque lo que hace el artista en esta muestra denominada 'Partes del cuerpo' es recrearse en configurar el cuerpo humano, a veces parido por las necesidades de aquilatar, a veces todo, porque también es en la plenitud, en el todo, donde se funden las partes.

Otros autores no se someterían a estas indicaciones, porque para no pocos esto podría ser considerado como un sometimiento interpretativo, cuando para los artistas lo importante es la obra, al margen de la penetración que en ella pueda alcanzar el espectador. Greenaway cede con generosidad, porque tampoco es tan sencillo captar el mensaje que quiere transmitir, cuando por toda la sala de Verónicas se distribuyen obras que reflejan las partes del cuerpo, esquematizadas, en silueta o en trazos de líneas, que contornean cada una de esas partes, y las liberan de otras consistencias, que el autor considera acaso innecesarias.

Obras en acrílico, porque es el método preferido por Greenaway; obras basadas en esquemas y planos, porque le fascinan, como le sucede con la cabeza, simple y contorneada, como modo de expresar lo esencial y librarla de lo que considera superfluo. Quizá por esa importancia, que atribuye a la cabeza humana, multiplica sus dibujos y sus planos y exprime el contorno craneal al máximo, de modo que la transforma en un constante juego de adivinación, en el que asoman frecuentemente rasgos que denotan la intencionalidad del que deposita en la cabeza humana la máxima capacidad interpretativa. También muestra con sus multiplicados esquemas la importancia que atribuye a otras partes del cuerpo humano; pero cuando nos adentramos en las mitologías, aquí los pinceles de Greenaway se deshacen en proyectos y en suposiciones, como sucede en las series siguientes, porque se multiplican los intentos de descubrir tesituras y aplicaciones a la diversidad. Pero son obras en las que no se puede impulsar al espectador a esta búsqueda diferenciadora. Son piezas en las que el color desempeña un papel tan básico y significativo como el contorneo de las piezas, y, aunque clama por la explosión, también lo hace por las suavidades de tonos, amortiguados conscientemente en gran parte de las obras expuestas. También, en los presumibles retratos y en 'Los hijos del Uranio', es donde Greenaway se deja llevar por un cromatismo, que enaltece con intensidad el aspecto creativo. Es, en resumen, una exposición que, desde el punto de vista cromático, no hubiese necesitado de las explicaciones del autor. Con fijarse en los tonos y contrastes, contemplar la diferenciación y buscar ciertos significados hubiese llegado la satisfacción.

David Murcia

Nadie puede pensar, salvo que el autor lo descubra, que la exposición que David Murcia presenta en galería La Aurora, con el título 'Arqueología de lo que escondo', es una serie de autorretratos. Sabido es que nos ofrece el autorretrato, pero, en este caso, su significado cambia totalmente de imagen, porque el rostro del pintor no aparece o, si acaso, muy difuso, entra esa acumulación de líneas, letras, palabras, círculos, flores, rostros..., que inundan los cuadros. De cualquier forma, estos son los elementos que configuran los autorretratos de David Murcia, porque sus pretensiones son retratar todo lo que envuelve su trabajo, que no hacerlo con su personal fisonomía. Así concebido, se entiende lo que el pintor quiere decir con esa arqueología de lo escondido y por qué afirma sin rubor que las obras expuestas son autorretratos.

David Murcia se expresa con una libertad definitiva a la hora de interpretar cuanto le rodea; por una parte se ajusta a reproducir con exactitud determinados objetos; por otra, monta un cambalache, en el que desfigura las imágenes, pero sin perder un sentido armónico que queda patente en el conjunto de cada cuadro. Respetuoso con el contenido geométrico, en él se ajusta a que los trazos se conserven dentro de unos límites, en los que no se rompen las formas.

La presunta similitud que puedan aparentar las obras expuestas se debe a que David Murcia ha querido agotar las posibilidades de captar ese entorno, en el que ha basado sus presumibles autorretratos; pero lo cierto es que en la exposición existe una movilidad, que agiliza la visión de las piezas, de modo que, aunque están tan limitadas en los contenidos, se expanden en su variada perspectiva.