La Verdad

Entre retratos y utopías

'Retrato de 'El Cordobés', de Mariano Ballester.
'Retrato de 'El Cordobés', de Mariano Ballester.
  • El Museo de la Ciudad expone cuadros, que permanecen ocultos, ubicados en despachos oficiales

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Hay obras que en absoluto vienen a cuento, salvo que se hubiese cambiado el título de la exposición -'Retratos'-, que presenta el Museo de la Ciudad. Y cierto es que, sean o no retratos, las imágenes expuestas son, en su mayoría, más que merecedoras de alabanzas; pero lo dicho: no todos son retratos, ni autorretratos, sino grupos de huertanos, máscaras, nazarenos..., obras, en fin , 'descolocadas'.

La exposición sirve para recuperar, de cara al público, una serie de cuadros de propiedad municipal, que permanecen en despachos oficiales, y que los ciudadanos no tienen ocasión de contemplar, salvo que los busquen por esos despachos en los que se ubican. En gran número, son obras de quienes podríamos llamar los mitos de la pintura murciana del siglo XX. Haría falta mucho espacio -y acaso resultaría un empeño cargante- definir los valores que muchos de los retratos encierran; pero, al menos, sí hay que referirse al que Joaquín hizo a Ibáñez Martín, en el que fácilmente se advierten unas calidades perfeccionistas, que, sin embargo, el pintor no quiere mostrar en su autorretrato; o la ternura que sí aparece en el 'Retrato de niña' o en la 'Niña con manzanas', de Saura Pacheco', quien además adereza su obra con unos claros tintes realistas. Garay, con 'La Familia', penetra más en el ambiente que en los propios personajes que componen la escena, mientras que Miguel Valverde invade de señorío su 'Retrato de mujer', y Falgas, como en él es habitual, busca el reflejo de exactas referencias. El 'Autorretrato' de Reyes Guillén evidencia una excelente fortaleza y que se trata de un pintor menos valorado de lo que mereció. Mariano Ballester, con 'El Cordobés', ofrece los atributos propios de un excelente pintor, que no renuncia a sus fórmulas, aunque se trate de un retrato; como sucede con 'Soledad', de Ángel Hernansáez, que busca un lirismo envolvente más que la fidelidad al personaje retratado. Frente a esto, el 'Retrato de mujer', de Gómez Cano, es una demostración de contraste entre la bella figura y la intensidad de la naturaleza.

La exposición también presenta obras de Pedro Flores, Rosillo, Carpe, Torrentbó, Paul Stiles, Alberola, Lucas. Cánovas, Morales y Jesús Silvente. Es en ellas donde se reflejan esas escenas que poco tienen que ver con el retrato, aunque ofertan, por una parte, las características artísticas de cada cual, más profundamente señalizadas en unos que en otros. Es, por encima de todo, una digna exposición, y, como ya se indicaba, ofrece la posibilidad de contemplar obras que muy esporádicamente abandonan el espacio en el que permanecen ubicadas.

Completa libertad

La trayectoria pictórica de Miguel Fructuoso es un continuo proceso artístico, que ahora ha desembocado en 'Utopía', la exposición que presenta en galería T-20. Es preciso echar la vista atrás, para comprobar, como queda demostrado en el catálogo de la obra y más concretamente en las referencia del texto de Pedro Medina, los cambios que Miguel Fructuoso va experimentado. Lo más interesante puede ser la completa libertad con que el pintor se evade de anteriores propuestas y penetra en otras, en las que tampoco puede negarse la presencia de reminiscencias, que no obstaculizan los nuevos pasos.

En 'Utopiás', Fructuoso se ha adentrado por la teoría geométrica y el minimalismo, para expurgar su pintura de todo lo prescindible. Como queda demostrado en las piezas expuestas, lo atrayente e interesante para este pintor es, en esta etapa de su trayectoria, la línea perfecta y el color refulgente, con capacidad para llenar los espacios del lienzo, sin necesidad de buscar otros argumentos o complementos. Pese a lo que pueda parecer, no es trabajo de fácil hechuras, ni de insignificancias artísticas, porque el acoplamiento de los espacios cromáticos y la capacidad de conseguir un equilibrio visual incuestionable, quizá suponen en estas obras una dificultad más obstaculizadora que el perfeccionismo que se pueda buscar y encontrar en otros modos de hacer arte.

En el uso de los colores, Fructuoso sabe recurrir a la intensidad de uso, y engrandece determinados formatos, cuando frente a la aparente frialdad de los contendidos, se quiere inyectar una intencionalidad, una sensación, un mensaje que no está oculto, sino que, bajo el intimismo propio de la obra, también aparece. Pero es que, además, en alguna de las piezas expuestas incluso ha transformado ese formato de su pintura y ese equilibrio necesario en visiones que al espectador se convierten en objetos de uso diario. No se trata de una pintura chirriante; es, más bien, plácida y misteriosa, cautivadora.

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