La Verdad

'Trapecista', de Marcos Salvador Romera.
'Trapecista', de Marcos Salvador Romera.

Entre el circo y la Murcia urbana

  • 'Circus', la exposición que Marcos Salvador Romera presenta en el patio de columnas del Palacio del Almudí, debiera ser contemplada con amplitud de miras, porque este sería el método óptimo para captar toda la variedad

Es un caminar por el variado y atractivo mundo circense, pero también lo es a lo largo del tiempo, porque hay obras de muchos años atrás, y otras que han ido surgiendo casi en plena actualidad. Por esto, 'Circus', la exposición que Marcos Salvador Romera presenta en el patio de columnas del Palacio del Almudí, debiera ser contemplada con amplitud de miras, porque este sería el método óptimo para captar toda la variedad, que encierra y los distintos caminos que, presumiblemente, ha recorrido el autor, para desarrollarla.

Parece que esta amplia colección responde a una ilusión, iniciada cuando el pintor realizó unas obras, que quieren situarse en un incipiente deseo, y que asoman como surgidas no de los pinceles de un fervoroso entusiasmo, sino del sueño del niño, que conoce qué quiere y que lo realiza del modo más espontáneo y natural. Esto se encuentra, sin duda, en esos cuadros de los años ochenta, en los que los objetos, los personajes y las actuaciones gozan de una espontaneidad sin control, pero también adornada con una serie de colores, que, debidamente situados, quieren multiplicarse como un método para aportar más viveza y entusiasmo a las escenas circenses.

Cuando Marcos Salvador Romera acomete las obras recientes -son una gran mayoría de cuantas aparecen en la exposición-, lo cierto es que no busca desprenderse de aquellos rasgos de lejano infantilismo, porque en no pocas piezas también afloran vestigios pasados, aunque se advierte, de un modo claro, que ahora busca otro modo de manifestarse, propenso a un acabado más perfeccionista, que demuestra el minucioso trabajo intrínseco que cada uno de estos cuadros encierra. Ahora se nota la recreación en el uso geométrico de las formas, al que ha recurrido como mejor sistema de guardar distancias, de usar la línea con precisión, de realizar multiplicados dibujos y de ocupar la amplitud del lienzo, a base de formas y colores, de detalles y de artefactos que, en conjunto, evidencian el contenido del ambiente de ese circo, lleno de situaciones y de escenas entretenidas y atrayentes. Puede decirse que es la respuesta a un trabajo ilusionante, pero en el que se impone el ritmo de la madurez.

El pintor ha querido agotar cuantos recursos ha tenido al alcance de su imaginación, para dar rienda suelta a una necesidad de creación, que no limitase para nada sus deseos. No se trata de rellenar o de insistir, sino de situar ese tipo de puntillismo colorista, que recuerda los cielos estrellados, y de precisar, a base de pura geometría, el entorno que rodea un mundo excepcionalmente propenso a lo fantasioso.

Isabela Antón, comisaria de la exposición, afirma, con conocimiento de causa, que estamos ante un conjunto de obras en las que Marcos Salvador Romera «recoge, formal y conceptualmente la magia y la estética del mundo del circo y la farándula». Y añade que nadie puede negar que «estemos ante un espectáculo de color y formas, inspirado en la plasticidad de la escenografía y la representación circense». Así es como fácilmente se advierte, con una visión genérica, sin necesidad de mostrar preferencias. De antes o de ahora, son obras en las que está vigente la alegría y el desenfado, pero bajo el dominio de una alejada añoranza y un sentido estético irrenunciable.

Pintura y poesía

El pintor cartagenero Juan Heredia es un especialista en plasmar los rincones y los edificios más notables de cualquier espacio. Ahora, vuelve a galería Chys con la exposición 'La pintura es una poesía muda', en la que, de inmediato, se contempla que el autor no busca complicaciones de tipo alguno, sino retratar la solemnidad de nobles edificios civiles y religiosos, aunque también detalles arquitectónicos que en ellos quedan integrados. Palacio Episcopal, Catedral, Ayuntamiento, Glorieta, Santuario de la Fuensanta... conforman esta serie de obras de pequeño tamaño, con las que el autor parece como si pretendiera ofertar un recorrido por esos lugares imprescindibles en el ámbito urbano de la capital. Y lo hace con un afán de reflejar de la manera más adusta, pero sincera, el contenido de cada uno de los edificios recopilados. Junto a unos encuadres más obligatoriamente forzados, hay otros en los que ha buscado una visión menos común, aunque no por eso menos conocida para el asiduo transeúnte capitalino. Son, en definitiva, muy agradables visiones de la Murcia urbana, elaboradas aplicando técnicas de dibujo y sombreado, a base de capas de tinta, con lo que busca aproximarse al máximo, en cuanto a formatos y cromatismo, a las imágenes captadas.