A vueltas con el 'Ránking' de Shangái

LA COLUMNA DE LA ACADEMIA

Un año más, cuando recientemente se publicaron los resultados de este famoso 'ranking', tenemos la misma confusión en las interpretaciones. En realidad, lo que se mide aquí es la excelencia investigadora: premios Nobel que pertenecen a una universidad o han estudiado en ella y publicaciones de gran excelencia. No se valora la calidad de la enseñanza ni la adecuación a las necesidades de las empresas. Pero, ¿por qué las universidades españolas tienen malos resultados? Señalaré dos factores principales.

El primero depende del Ministerio de Educación, que considera a los profesores españoles casi únicamente como enseñantes y muy poco como investigadores. Por ello han de dedicar una gran parte de su tiempo a las clases y a la inmensa burocracia que la Aneca y otras plagas bíblicas han descargado sobre la Universidad española. Además, los profesores españoles carecen de personal auxiliar destinado a la investigación. El resultado es que el profesor universitario tenga muy difícil el centrarse en la investigación que es lo que se valora en el 'ranking' en cuestión.

El segundo depende del Mineco que es quien ha de invertir en la investigación. Este ministerio destina escasos fondos a la investigación por la poca fe del Gobierno en que la investigación tenga utilidad (sobre todo la básica). Además, el sistema posterga especialmente a las universidades, entre varias otras cosas porque hace competir a los docentes universitarios, con limitada dedicación a la investigación, con personal de organismos dedicados a la investigación en exclusiva como el CSIC o el CNIO. El resultado es que hoy en día haya una mayoría de profesores universitarios que no tienen fondos con qué investigar. Pocos investigadores aspirantes a tener grandes resultados publicables en las revistas de excelencia (que es lo valorado en el famoso 'ranking') van a querer estar en una universidad española en estas condiciones.

Por supuesto que hay otros responsables subsidiarios de esta situación, como son las comunidades autónomas, aunque algunas como el País Vasco o Cataluña sí que ayudan más a la investigación. Por último, tampoco todas las universidades tienen claro qué hacer a este respecto y algunas tienen más implicación que otras con la investigación, pero el resultado general está a la vista: ninguna universidad española está entre las 200 primeras. Ni lo estará, me temo, en esta generación. ¿Pero, realmente, los responsables que aquí señalamos quieren cambiar esta situación?

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