Los robots que detectan sentimientos ya están aquí

José Manuel Ferrández, profesor de Arquitectura y Tecnología de Computadores de la Politécnica./A. Gil / AGM
José Manuel Ferrández, profesor de Arquitectura y Tecnología de Computadores de la Politécnica. / A. Gil / AGM

Investigadores de la Universidad Politécnica de Cartagena trabajan en computación afectiva, desarrollos tecnológicos que acabarán por humanizar a las máquinas

MARÍA JOSÉ MORENO

Algunos estudios apuntan a que los españoles pasan más de siete horas al día delante del ordenador; en países como China el dato asciende a nueve horas y es posible que el pronóstico sea incluso mayor si se incluyen 'tablets' y 'smartphones' a la ecuación.

El contacto con las nuevas tecnologías es obligatorio para muchos que, sin ellas, no podrían desarrollar sus obligaciones laborales. Poco a poco se están convirtiendo en una necesidad, hay quienes no imaginan su ocio sin ellas.

Su utilización ha cambiado el modo en que las personas se relacionan. La aparición de numerosas redes sociales y la rapidez con la que se expanden han llevado a que muchos las acusen de sustituir las relaciones humanas, en las que tener al interlocutor cerca, verle, sentirle o escucharle es clave para el desarrollo intelectual.

En sus investigaciones, la Politécnica utiliza a 'Pepper', un robot humanoide diseñado por Aldebaran Robotics

Los investigadores trabajan en un sistema de reconocimiento de ondas cerebrales que va a ayudar a mejorar su funcionamiento

En los últimos años han aparecido incluso casos de adicción a las nuevas tecnologías, gente incapaz de separarse de sus teléfonos, y se ha puesto nombre a un trastorno de aislamiento extremo (aparecido en Japón hace décadas) que se caracteriza por un comportamiento evitativo que conduce al individuo a abandonar la sociedad y permanecer encerrado en casa, sin contacto alguno con sus semejantes, solo a través de su ordenador: los 'hikikomoris'.

Y todo ello está ocurriendo en un momento en el que la relación humano-computador es del todo impersonal, no existe un entendimiento por parte de la máquina de cómo se siente o qué necesita quien la utiliza.

Pero eso va a cambiar en poco tiempo. Las tecnologías emocionales, que comenzaron a impulsarse en 2010, ya tienen un impacto económico que se cifra en 9.000 millones de euros a nivel mundial, e incluso se espera que aumente a 42.000 millones en el año 2020.

«La computación afectiva implica el desarrollo de programación que da capacidad a las máquinas para poder percibir las emociones de las personas y no solo eso, sino de responder del modo en que se espera, como si realmente entendiese lo que está pasando», como explica José Manuel Ferrández, profesor del área de Arquitectura y Tecnología de Computadores de la Politécnica de Cartagena.

El grupo de investigación que dirige, Diseño Electrónico y Técnicas de Tratamiento de Señal, reconocido como Grupo de Excelencia Investigadora por la Fundación Séneca en su última convocatoria, trabaja en el desarrollo de un ambicioso proyecto en el que las tecnologías emocionales son las protagonistas.

Asegura el investigador de la UPCT que los avances en esta materia ofrecen numerosas ventajas: «Tener robots que capten las emociones e interactúen de un modo más natural puede resultar de gran utilidad en casos de personas con autismo, en los que relacionarse con otras personas a veces es complicado; pero también supondrán una gran ayuda en sistemas de detección del cansancio en vehículos, para prevenir accidentes de tráfico. Las opciones son múltiples y muy variadas». Para desarrollar sus investigaciones, el grupo utiliza a 'Pepper', un robot humanoide diseñado por Aldebaran Robotics. Se trata del primer robot del mundo capaz de reconocer las principales emociones humanas y adaptar su comportamiento dependiendo del estado de ánimo de su interlocutor.

'Pepper' está diseñado para aprender conforme a su uso. Por ahora, está preparado para captar emociones mediante reconocimiento de voz y facial, por lo que en la UPCT se está trabajando en un sistema de reconocimiento de ondas cerebrales que va a ayudar a mejorar su funcionamiento. «Es lo que se conoce como Brain Computer Interface y consiste en observar los patrones de activación cerebral para permitir al usuario interactuar con el ordenador o activar sistemas de movilidad. También se está utilizando en neuromarketing para identificar las emociones que procesa el sistema límbico», indica Ferrández.

Por otro lado, entre las líneas de investigación en las que trabajan, se encuentra la robótica social, a través de la cual los robots pueden interpretar las emociones del usuario e intentar mejorar su estado de ánimo o alertar en caso de situaciones críticas. Asimismo, la inteligencia ambiental, para que el propio domicilio del individuo detecte, a través de sensores no intrusivos los patrones de conducta y el estado emocional de la persona.

El equipo, financiado por la Fundación Séneca, investiga también otros aspectos muy interesantes como la detección de emociones a través del habla, algo que, como explica José Manuel Ferrández, «tiene una destacada aplicación en el hallazgo temprano de principios de enfermedades neuronales como el párkinson o el alzhéimer, y añade que, del mismo modo, se trabaja en neuroprótesis de estimulación profunda del cerebro para el tratamiento eléctrico de pacientes con trastornos emocionales».

La elección de 'Pepper' como compañero de viaje no es casual sino que, aclara Ferrández, «es el primer robot emocional que existe con una interfaz muy amigable. Su diseño lo hace muy estable y cuenta con el motor emocional más avanzado del momento». El profesor destaca que su 'software' es de código abierto, lo que les permite desarrollar nuevas aplicaciones y trabajar con él de una forma efectiva.

Las investigaciones las están llevando a cabo en colaboración con la Universidad Miguel Hernández de Elche y la UNED, aunque el investigador de la Politécnica adelanta que «se trata de un proyecto muy ambicioso para el que se van a incorporar otros colaboradores a nivel internacional».

Conflicto moral

Con respecto al hecho de que «las emociones no mienten», tal y como dice José Manuel Ferrández, la tecnología emocional se enfrenta a la situación de si es ético o no que una máquina sea capaz de detectar las emociones de la persona a quien tiene delante.

«Si se tienen en cuenta que estos avances, se pueden emplear, por ejemplo, en entrevistas personales o en encuestas, para detectar si alguien miente, se debería informar sobre su uso antes de llevar a cabo las acciones», apunta.

No obstante -añade-, «hablamos de avances que están teniendo una enorme acogida en países asiáticos y que se prevé que ocurrirá de igual modo en occidente cuando su precio se vea reducido porque las posibilidades que ofrecen son mucho más positivas que negativas. Además, como suele ocurrir, será el sentido común el que lleve a que se utilicen de una forma beneficiosa, evitando otras facetas menos ortodoxas».

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