Un paseo por la ciencia entre epitafios y tumbas (I)

La columna de la academia

Recientemente se han celebrado las festividades de Todos los Santos y de las Ánimas (1 y 2 de noviembre, respectivamente), que poco a poco están siendo reemplazadas por Halloween (banal, comercial y carente de sentido por estas tierras). Durante esos días es habitual acercarse a los cementerios para recordar a las personas queridas y, paseando por los camposantos, curiosear entre lápidas y mausoleos. Los epitafios de quienes están enterrados nos dicen mucho sobre los fallecidos.

En las tumbas de científicos también encontramos epitafios que hacen referencia a su vida y/o logros científicos. Un paseo entre estos documentos lapidarios nos acercará (de una forma poco habitual, ciertamente) a la obra de algunos científicos.

Cicerón cuenta que la tumba de Arquímedes (III aC) tenía grabado un cilindro circunscrito a una esfera, pues el científico de Siracusa había demostrado que el volumen de una esfera era igual a las dos terceras partes del volumen del cilindro circunscrito.

Una antología griega de problemas matemáticos recoge que en la tumba de Diofanto (III dC) aparecía un problema para obtener la edad a la que falleció. Dice así (en versión libre): «Transeúnte, esta es la tumba de Diofanto. Los números pueden mostrar la duración de su vida. Su niñez ocupó la sexta parte de su existencia; después, durante la doceava parte de su vida, sus mejillas se cubrieron de vello. Pasó aún una séptima parte de su vida antes de tomar esposa y, cinco años después, tuvo un hermoso niño que, tras llegar a la mitad de la edad que alcanzaría su padre, pereció de una muerte desgraciada. Su padre le sobrevivió, llorándole, durante cuatro años. De todo esto se deduce su edad». Dejamos que el lector curioso resuelva el ejercicio.

En la tumba del físico y matemático suizo Jacques Bernoulli (1654-1705) está grabada la espiral de Arquímedes (debido a un error, pues debería aparecer una espiral logarítmica) rodeada por las palabras 'Eadem mutata resurgo' ('Aunque cambiado, resurgiré'), que hacen referencia a las propiedades de la espiral.

Concluye este paseo entre lápidas y tumbas con el ampuloso epitafio de Isaac Newton (1642 - 1727): «Aquí descansa Sir Isaac Newton, Caballero que con fuerza mental casi divina demostró el primero, con su resplandeciente matemática, los movimientos y figuras de los planetas, los senderos de los cometas y el flujo y reflujo del Océano. Investigó cuidadosamente las diferentes refrangibilidades de los rayos de luz y las propiedades de los colores originados por aquellos. Intérprete, laborioso, sagaz y fiel de la Naturaleza, Antigüedad, y de la Santa Escritura, defendió en su Filosofía la Majestad del Todopoderoso y manifestó en su conducta la sencillez del Evangelio. Dad las gracias, mortales, al que ha existido así y tan grandemente como adorno de la raza humana».

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