Un motor por los aires

Otto Lilienthal, pionero de la aviación, en su planeador (1891) /
Otto Lilienthal, pionero de la aviación, en su planeador (1891)

Otto llegó a desplazarse con alas hasta 250 metros, pero nunca consideró que volaba por no haber podido superar la cota de la que partía

ALBERTO REQUENA

Los intentos de volar han sido consustanciales al ser humano, siempre celoso de imitar a los animales más ligeros. La Historia nos relata muchos intentos de diseñar prótesis a título de alas para lograrlo. Se refiere reiteradamente a Leonardo da Vinci como el genio volador a partir de diseños que se le atribuyen, pero sin evidencias de que llegara a probarlos. Los hermanos Lilienthal, en especial Otto, diseñaron y probaron a finales del siglo XIX, con poca suerte técnica pero mucha personal, modelos de alas para volar. Otto llegó a desplazarse con alas hasta 250 metros, pero nunca consideró que volaba por no haber podido elevarse jamás por encima de la cota de la que partía en sus ensayos. Para él, el mundo solamente se componía de Sol y viento. Su madre le había hecho creer que era hijo del sol. Salió en un último intento, el 9 de agosto de 1896. Falleció al día siguiente.

En 1892 el conde Zeppelin le enseñó a Daimler los planos del dirigible que quería construir, pidiéndole un motor que fuera más fuerte y ligero que los que se montaban en los automóviles de la época. Dos años después se volvieron a encontrar, a petición del primero, para hacerle partícipe que una Comisión de Estado Mayor le pedía argumentos para poder creer que una hélice en el aire podía tener suficiente fuerza para llevar a cabo la tracción de la aeronave. Zeppelin los paseó por un lago con un barco a motor, cuya hélice no se encontraba sumergida en el agua, sino que impelía aire y había logrado alcanzar hasta 15 nudos. Pero no logró convencerlos y rechazaron el proyecto. El conde Zeppelin había decidido acometer el proyecto al margen del gobierno. Pero ahora llamaba a Daimler, para hacerle saber que la exigencia de motores muy ligeros se podía soslayar dada la aportación del aluminio, cuya producción se había iniciado como bronce de aluminio, pero ahora ya se ofrecía puro al mercado y por un precio muy económico y sus características eran una buena garantía para los requerimientos de un motor apto para la aeronavegación.

700 kilos de peso

Los motores Daimler eran en ese momento de 15 caballos y pesaban 700 kilos. Era muy pesado, con 450 kilos se podría usar en aviación. Zeppelin pidió que lo hiciera de aluminio, aunque fuera blando, pero algunas partes se podrían hacer de aluminio. La conversación entre ambos no permitía distinguir si lo importante era el globo o el motor. El primero sin el segundo podía volar, pero el segundo sin el primero no lo podía hacer. Ensayaron con un motor de 20 caballos, con averías cada tres kilómetros. Las pruebas en público eran todo un espectáculo. Risas y chanzas cuando fallaba el motor, naturalmente. Inicialmente el motor se probó en un automóvil. Cuando funcionaba, los malhumores venían del polvo que levantaba o del ruido ensordecedor que hacía. Desacostumbrados a este tipo de ingenios, el público era implacable con la valoración.

Robert Bosch construyó un aparato con el que podía lograr el encendido por medios electromagnéticos, que era defectuoso y poco confiable en los motores de gas. ¡Algo increíble! Los motores de Daimler estaban a punto y pesaban lo correcto para intentar hacer viajar al dirigible. El 2 de julio de 1900 en Manzell, en el sur de Alemania, por encima de todas las cabezas y tejados, se deslizó, seguro y majestuoso un coloso. Parecía un auténtico milagro. Fue el primer vuelo del LZ I y lo logró hacer contra el viento y logrando alcanzando una velocidad máxima de nueve metros por segundo (32.4 kilómetros por hora). En la primera carrera en la que participó un Mercedes, circuló a una media de cincuenta kilómetros por hora. Daimler no presenció nada de ello, porque falleció el 6 de marzo de 1900.

Cuando se pasa revista a tiempos pretéritos, no podemos más que asombrarnos de la capacidad de convencimiento en sus posibilidades y la imaginación que enarbolaban los protagonistas de los avances científicos y tecnológicos. Había una firme decisión en mejorar el mundo en que vivimos. Y lo lograban, partiendo de la nada, casi. Además, les quedaban agallas para construir empresas que explotaran los resultados de sus inventos, desarrollos, novedades y alcanzaban por la vía de la aceptación social de las mejoras, alcanzar la categoría de innovaciones. No queda demasiado de este espíritu.

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