Cloración, la revolución salvavidas del siglo XIX

Un técnico mide el nivel de cloro en el agua./LV
Un técnico mide el nivel de cloro en el agua. / LV

M. J. M.MURCIA

La relación entre la calidad del agua y la salud se conoce desde tiempos inmemoriales. N o obstante, no fue hasta mediados del siglo XIX cuando por primera vez se sabe que se asoció la trasnmisión de una enfermedad al consumo de agua. Fue el médico inglés John Snow quien en 1854 descubrió que la epidemia del cólera que sufría Londres era causada por el bombeo de agua contaminada. La expansión del cólera se evitó mediante el cierre de todos los sistemas de bombeo.

A partir de ahí fueron numerosos los estudios científicos que se llevaron a cabo en torno a la desinfección de aguas y en 1888 se registró la primera patente de cloración de agua. Desde entonces, la Organización Mundial de la Salud calcula que se han salvado más de 173 millones de vidas en todo el mundo gracias a este sistema.

La finalidad principal de la cloración es destruir las bacterias por la acción germicida del cloro. También son importantes otros efectos secundarios como la oxidación del hierro, el manganeso y los sulfuros de hidrógeno, así como la destrucción de algunos compuestos que producen olores y sabores.

Con frecuencia se realiza una precloración antes de la decantación, que sirve para oxidar parte de la materia orgánica del agua y disminuir su concentración. Posteriormente se realiza una postcloración que garantiza la desinfección y la presencia de cloro en la red de distribución.

La acción desinfectante se produce por la capacidad del cloro de traspasar la pared celular de los patógenos y atacar su sistema enzimático, provocando la muerte de los organismos. Cuando la desinfección se realice a través de cloración, el tiempo de contacto entre el cloro (o su derivado) y el agua no será inferior a 30 minutos, procurando mantener un pH inferior a 8.

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