El carbono orgánico y la funcionalidad del suelo

LA COLUMNA DE LA ACADEMIA

CARLOS GARCÍA IZQUIERDO ACADÉMICO NUMERARIO DE LA ACADEMIA DE CIENCIAS DE LA REGIÓN

Como señala el profesor Rattan Lal (The Ohio State University), en sus innumerables artículos científicos, el suelo es un recurso natural necesitado de protección y conservación. Es un sistema vivo que realiza funciones clave desde perspectivas ecológicas y humanas. Una disminución en la funcionalidad del suelo debido a acciones antrópicas o climáticas no deseables, generará consecuencias negativas en la producción de nuestros sistemas agrícolas y forestales.

La funcionalidad de los suelos depende en gran medida de su materia orgánica y, en concreto, del carbono orgánico que incorpora, ya que inciden positivamente sobre diversas propiedades (incluida la biodiversidad) de dichos suelos, así como sobre su fertilidad y productividad. Ese carbono orgánico procede del carbono atmosférico fijado por las plantas a través de las reacciones de la fotosíntesis, incorporándose al suelo con restos de plantas y exudados de las raíces. Los residuos vegetales y los exudados de las raíces son las principales fuentes de carbono orgánico para el suelo. Los residuos de animales y microorganismos también contribuyen al carbono orgánico del suelo, pero en menor cantidad. Los procesos de mineralización devuelven el carbono a la atmósfera principalmente como dióxido de carbono, mientras que una fracción del mismo se acumula en tejidos microbianos (biomasa del suelo) y otra parte se transforma a través de procesos de humificación, síntesis, o por la formación de agregados, en formas estables que también podrían mineralizarse, pero más lentamente. Según su facilidad a degradarse, se distinguen diferentes tipos de compuestos carbonados en los suelos: I) los lábiles y activos, fácilmente degradables (carbohidratos, aminoácidos, polisacáridos, lípidos y otros compuestos de bajo peso molecular); (II) la reserva intermedia de carbono orgánico, compuestos con degradación lenta (celulosa, hemicelulosa, quitina, etc.) y (III) la reserva pasiva de carbono estable, constituidos por los compuestos orgánicos más resistentes a la degradación, tales como anillos aromáticos (lignina) y cadenas alifáticas (lípidos). Cualquiera de estas fracciones de carbono, incorporada a coloides minerales del suelo, puede llegar a ser muy poco atacable por los microrganismos y contribuir a hacer del suelo un sistema productivo adecuado, además de un buen sumidero de carbono capaz de mitigar en parte el efecto invernadero.

Por tanto, el carbono orgánico del suelo es crucial para el funcionamiento del ecosistema, desempeñando un papel clave en la regulación del clima, el suministro de agua y la biodiversidad, proporcionando servicios esenciales y necesarios para el bienestar humano.

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