En busca de la dosis óptima en los medicamentos para animales

Emilio Fernández (en primer plano) y Carlos Cárceles, investigadores de la UMU./Nacho García / AGM
Emilio Fernández (en primer plano) y Carlos Cárceles, investigadores de la UMU. / Nacho García / AGM

Científicos de la Facultad de Veterinaria de la UMU investigan cómo garantizar la efectividad de los tratamientos por la falta de información y las particularidades de cada especie

MARÍA JOSÉ MORENO

El coste medio necesario para el desarrollo de un nuevo medicamento de uso humano ronda los 2.500 millones de euros. Se trata de una inversión que deben hacer las empresas farmacéuticas y que no siempre les reporta beneficios, puesto que antes de que un fármaco salga al mercado debe superar tres fases. La primera comprende los ensayos clínicos iniciales de un nuevo compuesto en un grupo reducido de voluntarios para comprobar el perfil de seguridad del fármaco, incluido el rango de dosis seguro. En estos estudios también se determina su absorción, distribución, metabolización y excreción, así como la duración de su acción.

En los ensayos de la fase II, el fármaco se prueba en un grupo mayor de pacientes para así evaluar su seguridad y eficacia y establecer la dosis terapéutica adecuada. Por último, la fase III comprende los ensayos clínicos a gran escala, con varios cientos a miles de pacientes y con el objetivo de definir la seguridad y la eficacia del fármaco en las indicaciones específicas para la aprobación reglamentaria. Los ensayos de la fase III también pueden llevarse a cabo para comparar un nuevo fármaco con un tratamiento estándar y así evaluar la relación riesgo-beneficio del nuevo medicamento.

Cada una de esas fases supone un gasto diferente y si en cualquiera de ellas se demuestra que el producto es potencialmente peligroso o carece de efectividad, la empresa nunca podrá comercializarlo. Ahora bien, en el caso de que se superen todas las pruebas, el medicamento saldrá al mercado y los beneficios para la empresa serán mayores que la inversión que realizó para su desarrollo.

Existe un «vacío terapéutico» que obliga a usar medicamentos de otras especies y a calcular las dosis sin datos certeros

En los últimos 40 años no se ha creado ningún antibiótico nuevo; se trabaja con modificaciones de los ya existentes

Evidentemente, para que eso ocurra, el producto debe ser demandado por un gran número de personas y, de la misma forma, su precio variará en función de la demanda (entre otros factores), de ahí que las empresas farmacéuticas no suelan apostar por invertir en el desarrollo de fármacos destinados a enfermedades raras o poco prevalentes, lo que en numerosas ocasiones genera polémica.

Un caso asimilable es el de los medicamentos de uso veterinario. Y es que, como explica Emilio Fernández Varón, investigador principal del grupo de Farmacología Veterinaria de la Universidad de Murcia, «el principal problema de la administración de fármacos en animales es que las diferencias anatómicas y fisiológicas de cada especie son, a veces muy grandes; sus enfermedades, en muchos casos lo son, y el modo de tratarlas también, lo que lleva a que exista un enorme vacío de conocimientos en la materia».

Mientras que investigar en medicamentos para humanos supone llegar a unos datos extrapolables para todas las personas, solo dependiendo de su peso, edad y algunas patologías; en el caso de los animales, «un mismo fármaco tiene unas características farmacocinéticas particulares en cada especie, porque su metabolismo es diferente, al igual que las dosis que hay que administrar», apunta.

El grupo de investigación que dirige en la UMU estudia precisamente, desde hace más de 15 años, la farmacocinética (evolución en el organismo) de distintos fármacos en diferentes especies. Se trata de una línea muy productiva, que les ha llevado a colaborar con importantes empresas farmacéuticas y otras universidades porque, desde el punto de vista de la investigación, la solución pasa por estudiar, en cada especie, los parámetros farmacocinéticos (cómo se elimina cada fármaco, qué vida media tiene, qué volumen de distribución...) para proponer una dosis adecuada a cada una de ellas.

Pacientes reales

Y ese es el principal reto de los farmacólogos veterinarios y, además, es un conocimiento muy demandado por los veterinarios clínicos, es decir, aquellos que trabajan con pacientes reales ya que, como indica el profesor, «al igual que en humanos, administrar una dosis equivocada en animales puede llevar incluso, en casos extremos, a la muerte (por sobredosificación) o a que la enfermedad no remita (por infradosificación), de ahí que sea necesario conocer la dosis óptima para garantizar la efectividad del tratamiento».

Otro miembro del equipo, Carlos M. Cárceles, señala que en veterinaria no hay medicamentos registrados para todas las especies, por lo que existe un «vacío terapéutico» que obliga a recurrir a medicamentos para otras especies y a que el clínico se vea avocado a calcular los tratamientos, sin datos certeros. «De hecho, en la mayoría de ocasiones las dosis se calculan como en el caso de los humanos, en base al peso, pero esto puede suponer un riesgo, puesto que biológicamente los animales son diferentes entre especies y, por ejemplo, un gato y un conejo tienen un metabolismo diferente», aclara.

Así, con su trabajo, esperan rellenar esos vacíos y favorecer que los laboratorios, teniendo datos, tengan más sencillo el registro de medicamentos en aquellas especies que no disponen de medicamentos suficientes.

Efectos colaterales

Otro punto destacado en torno a la administración de medicamentos veterinarios es que no solo tienen la función de curar a los animales, sino también una función sanitaria y ecológica, es decir, la de prevenir problemas en humanos y evitar la posibilidad de alterar el medio ambiente.

En ese sentido, es especialmente interesante la investigación desarrollada con antibióticos, dado que en los últimos 40 años no se ha creado ninguno nuevo, sino que se trabaja con modificaciones de los ya existentes, lo que lleva a que se deba cuidar su administración y a que sea necesario mejorar el conocimiento en torno a los mismos con el fin de prevenir la aparición de resistencias.

«En el caso de los antibióticos, la práctica habitual ha sido la administración de dosis inadecuadas, como consecuencia, una vez más, de la falta de datos y la necesidad de tratar explotaciones grandes en las que corren peligro los animales, no se puede permitir que mueran y hay que actuar, empleando criterios empíricos, pero sin confirmación científica», según Carlos M. Cárceles.

A lo largo de su trayectoria, el grupo de la Universidad de Murcia ha desarrollado algunos proyectos destacados en relación a los antibióticos, contando con el apoyo de la Fundación Séneca y el Ministerio de Economía y Competitividad y a través de contratos de investigación con laboratorios farmacéuticos. En uno de ellos, junto a los profesores Ignacio Ayala y Luis Bernal, se está investigando un tratamiento contra un tipo de colitis canina sobre el que no existían datos en cuanto a la dosis idónea.

En otro, en colaboración con el profesor José Murciano, traumatólogo del Hospital Veterinario de la UMU, se trabajó en operaciones traumatológicas para las que se debe administrar, previamente a su realización, un antibiótico que previene infecciones. «Lo que se hizo en ese caso fue tomar muestras durante la intervención con el objetivo de medir las cantidad del medicamento que se encuentran y decidir sobre si se está empleando la dosis correcta, si el tiempo de administración es adecuado o si es necesaria una dosis intraoperatoria. En definitiva, se trabaja para optimizar el tratamiento», explica Emilio Fernández Varón.

Aunque, si tuvieran que destacar un trabajo, destaca -por su importancia para el sector agroalimentario regional- una investigación llevada a cabo sobre la farmacocinética de antibióticos en cabra y oveja. «Se sabe que estos animales excretan ciertos antibióticos a través de su leche y, dado que esta es consumida por personas o transformada en productos lácteos, cuando se les medica es necesario desechar una gran cantidad de litros durante un tiempo, lo que supone un coste importante para los ganaderos», expone el profesor de la UMU.

En la actualidad trabajan, en colaboración con la Universidad Complutense de Madrid y la Universidad de Córdoba, en un proyecto para ir más allá de estudiar la dosis correcta del fármaco que hay que administrar. «En el tejido mamario hay unos transportadores para ciertos antibióticos y lo que pretendemos es aprovecharlos, mediante su bloqueo o su estímulo, para evitar que el antibiótico llegue a la leche (si es que se emplea para otras infecciones) o para que llegue con más intensidad (si es que la enfermedad está en la mama).

En el primero de los casos, no sería necesario desechar nada de la producción, puesto que podría seguir comercializándose con normalidad y, en el segundo, la enfermedad remitiría mucho antes», en palabras de Emilio Martínez Varón y Carlos M. Cárceles. Se trata, pues, del claro ejemplo de un trabajo científico con altas posibilidades de aplicación.

Puntos de recogida

Con respecto al uso de medicamentos veterinarios, los investigadores de la UMU reivindican la necesidad de que las autoridades sanitarias habiliten un punto de recogida, similar al punto SIGRE de las farmacias, en el que se puedan depositar los fármacos destinados a animales una vez que caduquen o dejen de ser útiles.

Los insectos también enferman

Los insectos suelen ser los grandes olvidados cuando se habla de enfermedades. Sin embargo, son el grupo de seres vivos más abundante de la Tierra. Se estima que en la superficie del planeta existen unos 10.000 millones de insectos por kilómetro cuadrado. ¿Y si enferman, existen tratamientos para ellos? No es cuestión de pensar en aquellos que viven de modo salvaje, sino de los que son explotados por los humanos, como las colmenas de abejas destinadas a apicultura o los gusanos de seda en sericicultura y cuyas muertes masivas, como consecuencia de una enfermedad, puede suponer un duro golpe para la producción.

Los investigadores de la Universidad de Murcia, Emilio Fernández Varón y Carlos M. Cárceles exponen que «existen varias técnicas para evitar la propagación de enfermedades en esos casos como, por ejemplo, la cuarentena, el desecho de material inservible, la desinfección y la selección genética». Por otro lado, en algunos casos sí que hay medicamentos para tratarlos, aunque lo realmente complicado es su administración. «En las abejas, por ejemplo, se les suelen administrar en forma de fumigaciones/vaporizaciones, tiras de contacto y en el agua», detallan.

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