La Verdad

Minucias que vienen del espacio

Minucias que vienen del espacio

  • Cada día caen grandes cantidades de polvo cósmico sobre el planeta, tanto que puede llegar a trescientas toneladas en una sola jornada

Desde el espacio pueden caer a nuestro planeta meteoritos y, mucho menos frecuentemente, cometas. Todo objeto del espacio que llega a tierra sin desintegrarse al entrar en la atmósfera nos resulta asombroso y enormemente informativo, ya que puede dar claves sobre la composición de otros cuerpos celestes, sobre el origen del sistema solar o del universo mismo.

Pero continuamente caen sobre nosotros... literalmente sobre cada uno de nosotros, materiales provenientes de más allá de nuestra atmósfera. Todos los días, entre cinco y 300 toneladas de polvo cósmico caen a la superficie de nuestro planeta. La enorme variabilidad de la cifra demuestra lo difícil que es calcular cuánto de este material realmente llega a nuestro planeta. En 2016, investigadores de la escuela de Química de la Universidad de Leeds, en Reino Unido, hicieron el primer intento serio por obtener una medición precisa: fueron aproximadamente 40 toneladas diarias, el equivalente a 7 elefantes africanos formados únicamente de polvo estelar. Así que el polvo cósmico está, literalmente, en todas partes.

Si no lo vemos caer es precisamente porque está formado por partículas muy pequeñas. Cualquier objeto de más de dos milímetros que entre a nuestra atmósfera deja una estela, un meteoro, lo que ocurre en las 'lluvias de estrellas', que son fundamentalmente el paso de la Tierra por el rastro de polvo y hielo dejado atrás por un cometa. El espectáculo que ofrecen las lluvias de meteoroides como las Perseidas se debe a partículas pequeñas, generalmente de menos de dos gramos de peso. La enorme velocidad a la que chocan con la atmósfera provoca que el aire se ionice y se excite creando un destello de luz. Esas estelas luminosas no son, como algunos creen, resultado de que la partícula se haya quemado, aunque sí experimentan ablación, es decir, la pérdida de capas superficiales que quedan dispersas en la atmósfera. Pero las partículas más pequeñas que forman el polvo cósmico, y que suelen medir un máximo de una micra, o una millonésima de metro, no dejan un rastro visible en este proceso. Por ello, para detectarlas se necesitan dispositivos especiales llamados radares de meteoros. Para recolectar polvo cósmico a nivel de superficie, algunos científicos instalan sus colectores en lugares donde haya poca concentración de polvo terrestre y contaminación, como la Antártida y las islas del pacífico.

La existencia del polvo cósmico nos dice que el espacio no está vacío. De hecho, el polvo cósmico procedente de gigantescas explosiones de estrellas, las supernovas, es la materia prima de la formación de los sistemas solares, de todos, incluido el nuestro. Una estrella formada en una nebulosa de gases, principalmente hidrógeno, va atrapando en su campo gravitacional el polvo cósmico, formando primero un disco del cual se forman los planetas, las lunas y otros cuerpos.

Nubes noctilucentes

Uno de los fenómenos más reveladores del polvo cósmico en la tierra son las llamadas nubes noctilucentes, las más altas de nuestra atmósfera, que se encuentran a más de 80 km. de la superficie y se pueden ver en las regiones polares durante el verano. Estas nubes se forman cuando las moléculas metálicas del polvo cósmico se condensan y ofrecen un punto de partida para que se formen cristales de hielo a partir del vapor de agua.

Estas nubes fueron registradas por primera vez en 1886 y, desde entonces, se han vuelto cada vez más y más comunes, y se han ido viendo cada vez más lejos de los polos. Algunos científicos creen que ese es uno de los síntomas del cambio climático en la atmósfera media, donde, al revés de lo que ocurre en la superficie, las temperaturas están bajando. El 'humo meteórico' formado por las moléculas del polvo cósmico que se disgregan de este al entrar a la atmósfera, también parece estar afectando las nubes polares que ocasionan el agotamiento de la capa de ozono al alterar la composición química de la estratósfera.

El polvo cósmico, cuenta el Dr. John C. Plane, responsable de los estudios de la Universidad de Leeds, también ayuda a fertilizar el océano con hierro, lo cual favorece que el plancton vegetal marino emita gases relacionados con el clima.

Sobre todo, parte del polvo cósmico es como los retratos de familia de la infancia del sistema solar y, por tanto, de nuestro planeta. En los 4.500 millones de años de existencia de la Tierra, los continuos procesos físicos y químicos que ha experimentado han alterado las condiciones iniciales de su formación. Volcanes, montañas que se alzan y se erosionan, choques de placas tectónicas, agua, calor y procesos químicos que transforman las rocas de la corteza terrestre, son todos elementos que han transformado, enterrado o destruido la evidencia geológica originaria de nuestro hogar cósmico. Los cometas no pasan por esos procesos, sino que conservan las características iniciales del disco de polvo cósmico del que surgieron los planetas.

Polvo de estrellas

El polvo de la cola de un cometa es el único material extraterrestre directamente capturado y traído a tierra además de las rocas lunares transportadas por las seis sucesivas expediciones Apolo. Esto se hizo en la misión Stardust de 2006, que después de un viaje de siete años alcanzó al cometa Wild 2 y capturó el material dejado a su paso para traerlo de vuelta en bloques de aerogel. El estudio de ese polvo además ha permitido identificar fragmentos procedentes de otras estrellas. En 2009, los científicos encontraron en ese polvo, por primera vez fuera de nuestro planeta, un aminoácido, uno de los ladrillos de construcción de las proteínas: glicina. Una indicación de que probablemente la vida no sea una excepción, sino que pueda ser una expresión común de la materia en todo el universo.

Nosotros mismos estamos hechos, por tanto, de polvo de estrellas, como lo señalaba el astrofísico y divulgador Carl Sagan. El polvo que trajo a nuestro sistema solar los distintos elementos que nos forman, carbono, sodio, cloro, hierro, oxígeno, todos, pudo provenir de muy distintas supernovas y otras estrellas, de puntos opuestos del universo. El polvo cósmico que podemos estudiar es, en ese sentido, nosotros mismos.