Artistas del paraíso al infierno

Símbolo. Edificio de la Lubianka, en el centro de Moscú, sede de la Policía política y cárcel a la que fueron a parar miles de artistas./
Símbolo. Edificio de la Lubianka, en el centro de Moscú, sede de la Policía política y cárcel a la que fueron a parar miles de artistas.

Escritores y creadores de todas las disciplinas gozaron hasta 1934 de bastante libertad para hacer sus obras. Pero luego quienes no se plegaron a las reglas del 'realismo socialista' sufrieron el ostracismo o la muerte

CÉSAR COCA

El paraíso se convirtió en infierno en agosto de 1934, durante el primer Congreso de Escritores Soviéticos, celebrado en Moscú. En esa reunión, Andréi Zhdánov pronunció un discurso llamado a fijar la línea que la literatura soviética -y por extensión, las demás artes- debía seguir en el futuro. Una literatura de combate, destinada a ayudar en la construcción del socialismo, fuertemente ideológica. «Nuestra literatura soviética no teme a las acusaciones de tendenciosidad. Sí, la literatura soviética es tendenciosa, ya que no hay ni puede haber en una época de lucha de clases una literatura que no sea literatura de clase, tendenciosa o falsamente apolítica». Zdhánov fue muy claro sobre lo que debían hacer los creadores. No habló de las consecuencias que acarrearía no seguir sus instrucciones pero cuando en 1954 se reunió el segundo Congreso, solo quedaban vivos 50 de los 700 asistentes al primero. Huelga decir que la mayoría de las muertes no se había producido por causa natural.

Y, sin embargo, hubo un tiempo en el que las cosas habían sido muy distintas. Entre 1918 y 1929, los artistas gozaron de protección oficial en forma de salarios, vivienda y difusión de su obra. Puestos a elegir entre las exigencias del éxito y el mercado -que un número creciente de creadores rechazaban- y las limitaciones de un sistema que no veía con buenos ojos determinados postulados y corrientes artísticas, muchos prefirieron los segundo.

Luchas por el poder
La muerte de Lenin, el 21 de enero de 1924, desencadena la batalla entre los dirigentes soviéticos. Un año antes, el líder bolchevique había intentado limitar el poder de Stalin, ya por entonces secretario general del Partido Comunista de la Unión Soviética. Conspirando con unos y con otros y traicionando a todos ellos, Stalin logra deshacerse de Trotski, Zinóviev, Kámenev o Bujarin. En 1940, prácticamente todos los protagonistas de la revolución de 1917 han sido asesinados, ejecutados, purgados o enviados al Gulag.
Economía planificada
Para acelerar la modernización del país sin ayuda de las potencias extranjeras, en 1928 Stalin pone en marcha los planes quinquenales. El Estado toma el control absoluto de la actividad agrícola e industrial, que es programada para períodos de cinco años.
La guerra fría
Nace una superpotencia
Pese al enorme sufrimiento causado por la guerra -con más de 27 millones de muertos-, la victoria aliada supone la entrada en el escenario político internacional de una URSS capaz de imponer en las conversaciones de paz su control sobre países como Albania, Bulgaria, Checoslovaquia, Hungría, Polonia o Rumania, que pasan a conformar el llamado Bloque del Este. Por otra parte, tras 22 años de guerra civil, en 1949 Mao Zedong, presidente del Partido Comunista, proclama la República Popular de China.
'Desestalinización'
En marzo de 1953, muere Stalin. Le sustituye Nikita Jrushchov, que permite cierta relajación de la represión dentro del país, el deshielo. Fuera, aplasta las sublevaciones anticomunistas en Hungría y Polonia, rompe relaciones con China y desencadena la crisis de los misiles de Cuba.
'Détente'
En 1964, la desaceleración económica provoca la sustitución de Jrushchov por Leonid Brézhnev en la secretaría general del Partido Comunista. Tras la invasión de Checoslovaquia de 1968 inicia un período de distensión con Occidente roto en 1979 por la Guerra de Afganistán.
Disolución de la URSS
Perestroika
Entre 1982 y 1985 mueren tres secretarios generales (Brézhnev, Andrópov y Chernenko), por lo que el partido busca un relevo más joven. El elegido es Mijaíl Gorbachov, cuyas reformas políticas propiciaron la disolución de la Unión Soviética en 1991.

Shostakovich, comunista desde la juventud, entendió el mensaje: realismo socialista o muerte

Romain Rolland, George Bernard Shaw y un puñado de intelectuales y escritores occidentales visitaron la URSS en los años veinte y regresaron hablando maravillas de lo que allí habían visto. Los escritores y artistas, los de más éxito como los más minoritarios, disponían de una dacha para pasar el verano y sus obras eran entregadas a la imprenta, expuestas o llevadas al escenario. La figura del artista malviviendo de la caridad ajena y lamentándose de que sus creaciones quedaban en el olvido era propia de Occidente. La URSS era un sueño. En realidad, a quienes visitaban el país solo se les enseñaba lo mejor, pero es cierto que mientras Anatoli Lunacharski fue comisario del Pueblo de Educación, hubo una notable libertad de creación. En 1929, harto de las presiones del aparato del partido, Lunacharski dimitió, y el paraíso empezó a estar poblado de peligros. Por fin, en agosto de 1934 los artistas fueron expulsados del edén y conducidos al infierno. Maxim Gorki, usando su prestigio, aún pudo salvar a algunos, pero tras su muerte, dos años después, los burócratas tuvieron las manos libres.

Desde entonces, en los sueños de los creadores se aparecía siempre un edificio situado en el centro de Moscú, cerca del teatro Bolshói: la Lubianka, la siniestra cárcel y sede de la Policía política por la que en menos de un lustro pasaron en torno a dos mil escritores y artistas de todas las disciplinas. Casi ninguno regresó a su casa.

También los compositores, dueños del lenguaje más abstracto, fueron víctimas de la persecución. Shostakovich, comunista desde sus años jóvenes, había escrito loas musicales a la Revolución y al tiempo había coqueteado con el jazz y las partituras compuestas para películas de Hollywood. Era uno de los músicos mimados por el régimen, junto a Prokofiev, quien había regresado a la URSS atendiendo los cantos de sirena que le llegaron del Kremlin. En 1936, cuando su ópera 'Lady Macbeth de Mensk' llevaba dos centenares de funciones entre Moscú y Leningrado, el diario 'Pravda' publicó un artículo -inspirado por Stalin, quizá incluso escrito por él- titulado 'Caos en vez de música', donde se acusaba al compositor de «esnobismo antipopular». Shostakovich entendió el mensaje: sus obras debían atenerse a la estética del 'realismo socialista' si no quería terminar en Siberia. A partir de entonces y hasta la muerte de Stalin, tanto Shostakovich como Prokofiev y Khachaturian vivirían en una continua ducha escocesa, en la que las más altas distinciones se combinaban con las más crudas amenazas. Zhdánov estuvo todo el tiempo detrás de esos avisos que solo podían suponer la muerte o el destierro.

Arribistas al poder

Como sucedió en las purgas, ningún creador estaba a salvo de la censura de Zhdánov. Eisenstein, el cineasta predilecto de los dirigentes comunistas, también fue objeto de severos ataques. Y no había defensa posible: las asociaciones de artistas, creadas teóricamente para defender sus derechos, estaban copadas por arribistas sin talento que asumían con entusiasmo las directrices de los burócratas del Kremlin. Cuando un artista caía en desgracia, su reacción más inmediata -y en general la única- consistía en reclamar para otro integrante de la asociación la dacha que el primero ya no iba a necesitar, o los muebles de su apartamento. En una sociedad teóricamente sin clases, las reuniones gremiales de artistas eran la manifestación más palpable del abismo que separaba a unos y a otros. El periodista Boris Yampolski narró con detalle algunas de esas sesiones, destacando cómo los favoritos del régimen -serviles hasta la náusea y dotados de mucho más talento para la delación que para la creación- disponían de los mejores asientos y gozaban en todo momento de un trato preferente. Ni siquiera hacían cola para dejar sus abrigos en el guardarropa, mientras los demás, y en especial quienes se encontraban al borde del abismo, debían esperar muchos minutos para comprobar luego cómo sus prendas eran colocadas de mala manera al fondo de los armarios, con lo que al finalizar la sesión también eran los últimos en salir.

Hubo quien supo sobrevivir a todo aquello. Zhdánov nombró en 1948 a Khrennikov presidente de la Unión de Compositores, cargo que ocupó hasta 1991, cuando desapareció la URSS. Nadie en la historia artística del país consiguió logro semejante. En cambio, centenares de artistas, miles, murieron en la Lubianka, fueron fusilados o perecieron en los campos del archipiélago Gulag. Para mayor infamia, el régimen no informaba de su muerte a las familias hasta mucho después, con lo que la tortura se prolongaba. Isaak Bábel, cuyo mayor delito fue casarse con la exesposa del jefe de la Policía Yezhov, fue fusilado en 1939 pero su familia no lo supo hasta 1954. De nada le sirvió haber trabajado para la Cheka y conocer a muchos agentes. Stalin había enviado a los artistas al infierno y allí no hay perdón.

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