Los silenciados caminos del arte

Arriba, 'Cristo de Port Lligat', de Salvador Dalí.  Y dibujo del Cristo de San Juan de la Cruz, en  el Convento de la Encarnación en Ávila./
Arriba, 'Cristo de Port Lligat', de Salvador Dalí. Y dibujo del Cristo de San Juan de la Cruz, en el Convento de la Encarnación en Ávila.

N. RUIZ MURCIA.

Poco antes de su primer viaje a Caravaca, siendo confesor en el convento de la Encarnación, en Ávila, fray Juan tuvo una visión. En ella aparecía Cristo crucificado visto desde arriba, tal y como le debiera ver Dios Padre en el momento de su crucifixión. En 'Subida al Monte Carmelo', fray Juan se sitúa en su visión junto al Creador, que le dice: «Pon los ojos solo en él, porque en él te lo tengo dicho todo y revelado, y hallarás en él aún más de lo que pides y deseas... Si quisieres que te respondiese yo alguna palabra de consuelo, mira a mi Hijo, sujeto a mí y sujetado por mi amor y afligido, y verás cuántas te responde».

El fraile acierta a dibujar su visión en un papelito de 57x47 milímetros que luego regaló a una monja y que hoy se conserva en el convento en un relicario. Hoy no sorprende la perspectiva si se ha visto una procesión desde un balcón. Por otra parte, fijamos esta obra en el terreno de las reliquias y no del arte, lo cual es un craso error. Mirándola bien, escrutando todo, notamos una gran modernidad para un dibujo de la segunda mitad del siglo XVI, con unas mínimas carencias técnicas para tratarse de un aficionado, si bien bastante dotado, pero estos dos argumentos no hacen el dibujo tan relevante. Nada parece excepcional y así se entiende durante tres siglos y medio en que Salvador Dalí colisiona con este papelito. Él, siempre más listo que los demás, se adueña de la idea y pinta su celebérrimo 'Cristo de Port Lligat' y su 'Misticismo atómico' en el que Gala observa a un crucificado fragmentado en un punto de vista extraño, descentrado.

Dalí devora todo y hoy su pintura se ha adueñado de la referencia al dibujo de San Juan que muy pocos conocen y que nadie contempla como arte sino como la anecdótica motivación de un cuadro francamente bueno, sobredifundido y en cierta forma agotado. Lo cierto es que si buscamos en Google 'Cristo de San Juan' todas las referencias remiten al de Dalí, pero en honor a la verdad, fue el único que entendió el portentoso hallazgo estético que este mínimo dibujito representa.

La Historia del Arte ha pasado por encima del resto y se ha quedado con esta relación sin reparar en que apenas nadie desde que se instaura la iconografía de Cristo en la Cruz en el siglo IV ha representado el crucificado de otra forma un no sea frontal y de abajo a arriba. Rastreo y encuentro algunos atrevimientos manieristas y barrocos, tal vez con Cristo de lado, pero hay que ir al siglo XVIII, al Retablo Testcher de Capar David Friederich, tal vez la más osada representación desde la de San Juan, en la que el obserdor está por debajo de un crucificado que aparece parcialmente de espaldas. Esto hace del dibujo de San Juan una obra inimitablemente moderna y rupturista, tanto que ningún pintor de los siguientes dos siglos se atrevió siquiera a aproximarse. En un mundo de artistas innovadores fue un fraile el que rompió la convención visual y nadie se atrevió a seguirlo. Una vez encarada esta tesis pensé que, tras la muerte del santo, tal vez el dibujo permaneciese escondido como una reliquia, de manera que ningún artista tuvo acceso a él pero no. En 1703 se publicaba 'Compendio de la vida del beato San Juan de la Cruz', editado por Francisco Leefdael con grabados del pintor sevillano Matías de Arteaga, que desarrolló una serie hagiográfica en la que se ponen de relieve sus muchos milagros en una imaginería deliciosa que hoy se nos presenta ingenua. El caso es que en esta serie, en el grabado número 19, aparece reproducido el Cristo de San Juan. El autor plantea una intención didáctica y, tras el Cristo, sitúa al santo en la posición en la que debió situarse en su visión. Da la sensación de que el dibujo lo sobrepasó y no puede evitar grabar un Cristo visto desde el frente en lo que parece un altar, a la manera canónica y única. El caso es que a lo largo de más de 12 ediciones, todo el que leyese pudo ver este pequeño prodigio grabado por Arteaga, pero nadie tuvo el valor de plasmar a Cristo crucificado fuera de la representación canónica, nadie tomó el dibujo del santo como motivo pese a que sin duda fascinó a artistas que, ya desde Francisco Pacheco, estudiaban al detalle el rigor en la representación del crucificado. No olvidemos que, más allá de la ortodoxia de cada uno, la Inquisición velaba el sueño de todos.

Tenemos a veces el problema de que los aciertos se perpetúan hasta convertirse en rutina. El modelo positivista de la Historia del Arte desde la Academia ha mantenido una percepción hegeliana que en sus carencias fosiliza arquetipos. No hay nada de arte fuera del arte, parecen decirnos los manuales, pero en este caso tenemos una representación plástica que rompe el patrón artístico de 1.200 años y de la que no encontraremos ni una línea en esos manuales que debiéramos poner en cuestión ante situaciones como esta; de hecho, no tendríamos rubor en calificar el dibujo del santo como una de las obras más rupturistas de la historia del arte.

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