El monolito de los dioses astronautas

Kubrick creía que unos extraterrestres muy avanzados «serían dioses para los miles de millones de especies menos inteligentes del Universo»

LUS ALFONSO GÁMEZ

¿Qué es el monolito? La pregunta estaba respondida antes de que Stanley Kubrick rodara la primera escena de '2001: una odisea del espacio'. Los aficionados a la ciencia ficción sabían desde 1951, cuando Arthur C. Clarke publicó su cuento 'El centinela' -en el que se basa la película-, que el monolito es una máquina extraterrestre. En ese relato es un artefacto piramidal dejado en la Luna por exploradores cósmicos para avisarles si una especie terrestre desarrolla el viaje espacial. En el filme, Clarke y Kubrick van más allá: un monolito dota de inteligencia a nuestros antepasados; otro es desenterrado en la Luna y emite una señal de alarma; y un tercero hace en Júpiter -Saturno en la novela- que el astronauta Dave Bowman (Keir Dullea) dé un salto evolutivo.

A finales de los años 60, con el fenómeno ovni todavía rodeado de un cierto misterio, se puso de moda la idea de que seres de otros mundos podrían haber visitado la Tierra en el pasado e intervenido en la evolución de nuestra especie. La había propuesto originalmente en 'El libro de los condenados' (1919) el escritor estadounidense Charles Fort, quien, tres décadas antes de la visión de los primeros platillos volantes, también había identificado como naves extraterrestres algunos objetos y luces vistos en los cielos a finales del siglo XIX y principios del XX. Louis Pauwels y Jacques Bergier, en 'El retorno de los brujos' (1960), y Robert Charroux, en 'Cien mil años de historia desconocida' (1963), recuperaron la idea de Fort de los antiguos astronautas, pero el que se hizo millonario fue el hostelero suizo Erich von Däniken con 'Recuerdos del futuro' (1968), libro del que hasta enero de 2017 había vendido 70 millones de ejemplares.

Imaginar lo inimaginable

Clarke había postulado en su ensayo 'Perfiles del futuro' (1963) que una tecnología muy avanzada sería indistinguible de la magia. Para Kubrick, era lo que correspondía a unos extraterrestres miles de millones de años más viejos que nosotros. Él, que no creía «en ninguna de las religiones monoteístas», pensaba que «uno podía construir una intrigante definición 'científica' de Dios» basándose en ese supuesto. «Sus potencialidades serían ilimitadas y su inteligencia, incomprensible para los humanos», decía en una entrevista en 'Playboy' en septiembre de 1968. Y añadía: «Esos seres serían dioses para los miles de millones de especies menos inteligentes del Universo, como el ser humano le parecería un dios a una hormiga que de algún modo supiera de su existencia. Poseerían los dos atributos de todas las deidades: la omnisciencia y la omnipotencia». ¿Cuál sería el aspecto de esos alienígenas que, según el cineasta, podrían haber superado las limitaciones de la biología?

Los buscadores de extraterrestres en la Antigüedad los veían entonces -y siguen viendo hoy- como seres de apariencia humana más avanzados tecnológicamente que nosotros, aunque no tanto como apuntaba Kubrick. La losa sepulcral del rey Pakal, en Palenque, es para ellos el retrato de uno de aquellos viajeros a los mandos de su nave, y las líneas de Nazca, en Perú, un espaciopuerto. Millones de años más adelantados que nosotros, los dioses astronautas de Von Däniken y compañía recorren, sin embargo, el Universo encogidos en unas máquinas que parecen las cápsulas Apollo, necesitan pistas de aterrizaje para posarse en otros mundos y visten trajes espaciales como los de la NASA. Frente a esos anacronismos, Kubrick opta en '2001' por no enseñarnos a los visitantes.

«Desde el comienzo del trabajo en la película todos discutimos cómo representar a las criaturas extraterrestres de un modo que fuera tan alucinante como los propios seres. Y pronto se hizo evidente que no puedes imaginar lo inimaginable», reconocía en 1970. No siempre había pensado así. Pasó mucho tiempo desde que Clarke y él se pusieron a escribir el primer guion de '2001' hasta que el cineasta decidió que los alienígenas no aparecieran más que a través de sus todopoderosas máquinas. Antes, fueron humanos idénticos a nosotros, seres de apariencia demoniaca como los superseñores de 'El fin de la infancia' (1953) -una de las grandes novelas de Clarke- y hasta efectos luminosos.

Encuentro con el astrofísico Carl Sagan

La solución a la representación de los alienígenas la dio el astrofísico Carl Sagan durante una reunión con Kubrick y Clarke en el apartamento de Manhattan del primero en 1965. El realizador apostaba entonces por que fueran humanoides, entre otras razones, por motivos económicos. «Alegué que era tan grande el número de improbables acontecimientos individuales en la historia de la evolución del Hombre que tampoco era probable que existiesen en el Universo seres parecidos a nosotros -recuerda Sagan en 'La conexión cósmica' (1973)-. Sugerí que cualquier representación explícita de un ser extraterrestre avanzado sin duda alguna mostraría, al menos, un elemento de falsedad y que la mejor solución sería sugerir a los seres extraterrestres en lugar de retratarlos sui géneris». Así se hizo, no sin antes probar hasta con un bailarín vestido con mallas de lunares.

Los investigadores del Proyecto Libros Azul de la Fuerza Aérea de EE UU habían dictaminado que, después de veinte años de avistamientos de ovnis, solo un reducido porcentaje de las observaciones eran inexplicables. Kubrick creía en 1968 que ese residuo de platillos volantes 'auténticos' merecía ser estudiado seriamente. «Estoy realmente fascinado por los ovnis y solo lamento que de este campo de investigación se haya apropiado en gran medida una panda de chiflados que afirma haber volado a Marte en platillos volantes pilotados por humanoides verdes de un metro con cabezas puntiagudas», decía. No descartaba que los ovnis tuvieran una explicación natural y tampoco que fueran naves alienígenas. De hecho, intentó suscribir con Lloyd's un seguro por si el ser humano se topaba con una inteligencia extraterrestre antes del estreno de '2001'. En un mundo donde las observaciones de platillos volantes llenaban las páginas de los periódicos un día sí y otro también, Lloyd's no quiso correr el riesgo.

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