El milagro de las tablas

'Aparición'. Manuel Sánchez barniza la pintura, una vez limpia la película pictórica y estucadas las lagunas. Es el paso previo a la hidratación de la pintura mediante reintegración pictórica. / Manuel Sánchez

La mágica aparición de la Cruz de Caravaca que, según cuenta la leyenda, voló de las manos de Federico II en Jerusalén para convertirse en símbolo de los templarios, se encuentra narrada en seis tablas del siglo XVI firmadas por Hernando de Llanos. Su estado ruinoso hacía necesaria una restauración a fondo. 'Ababol' revela el proceso

NACHO RUIZ

Constantino tuvo una visión el 27 de octubre de 312. En ella bajaba una cruz del cielo y una voz tronaba en griego: 'Con este signo vencerás'. El emperador, al día siguiente, grabó en los escudos de cada soldado de sus legiones aquel signo y derrotó a Majencio en la batalla de Puente Milvio. Unos meses después decretaba por el Edicto de Milán la oficialidad del cristianismo en el Imperio Romano. El resto es historia.

La cruz, tal vez el signo más reproducido universalmente en los últimos veinte siglos, es parte del triunfo del cristianismo. El motivo es que, en dos trazos, condensa un drama inigualable, universal, que comienza con el Génesis y acaba en la tormenta del monte Calvario, capaz de despertar piedad e ira a lo largo de los siglos, un símbolo que pudo mover a millones a viajar a Tierra Santa para morir allí, que hizo que muchos más dieran su vida por ayudar a pobres, leprosos y encarcelados. Dios y el hombre en un trazo vertical cruzado por otro horizontal que se montaba en la empuñadura de una espada para chocar contra la curva del alfanje musulmán. También es la que se hacía a los niños en la frente cuando nacían, el emblema que se podía pintar con un tizón, con el dedo en la arena, con un estilete en la roca o con piedras preciosas en cabujones sobre las coronas de los reyes. El símbolo que igualaba al franciscano cuando sobre su áspero sayal colgaban las dos astillas con el rico cuando sobre el armiño que lo cubría pendían el oro y las gemas. El material da igual ante la potencia desmedida de este cruce de líneas que condensa parte central del relato de occidente y oriente en el choque de líneas y caminos, de historias y mitos que fue Jerusalén, que sigue siendo aún hoy cuando algunos bestias retoman la idea de las guerras de religión, algo superado hace siglos.

La cruz es el símbolo comunicativamente perfecto simplemente porque cualquiera puede dibujarlo en el aire con el dedo. Ese signo concentra la tortura y el perdón para los cristianos, aunque es un elemento tan habitual en nuestra cultura que debemos hacer un esfuerzo muy serio para recordar su historia como elemento icónico, como signo legible en todos los idiomas.

La persona idónea para llevar a cabo una tarea tan importante y compleja era Manuel Sánchez Rodríguez. Su conocimiento de las tablas resulta insuperable

A finales de 2015 comenzaba un proyecto ambicioso y complejo: 'Signum, la gloria del renacimiento en el Reino de Murcia'. Materializar algo tan grande en tiempos como estos requería un esfuerzo y una ocasión especial, que sin duda era el Jubileo de Caravaca.

A la hora de tratar el periodo dorado, el arte en el reino que fuimos, la ciudad santa tiene una importancia crucial como nudo que fija la línea del mecenazgo religioso de los obispos de Cartagena con el de Pedro Fajardo, primer marqués de los Vélez y sus sucesores, y se entrelaza con la Orden de Santiago en su paso de la relativa independencia al control por parte de los Reyes Católicos. Caravaca es el foco de una historia mítica, de una novela o una película que desbordaría a cualquiera. En ese cruce de caminos un signo reina y es la Vera Cruz de Caravaca. La historia es muy conocida: Zeit Abu Zeit (encontrará el lector distintas formas de escribirlo), un reyezuelo que existió en el siglo XIII, señor de Valencia y estratega político, pidió a un sacerdote que había hecho prisionero, Chirinos, que le oficiara una misa en la torre de su alcázar como diversión. El cura preparó todo con los ornamentos traídos de Cuenca pero en el momento clave descubrió que le faltaba la cruz. Entonces, a través de la ventana del conjuro (que existe aún) dos ángeles le trajeron la cruz de doble brazo del patriarca de Jerusalén, que contenía un trozo de la Vera Cruz. Milagrosamente fue transportada de tierra santa tras haber sido arrebatada por dos ángeles en la ceremonia de auto coronación de Federico II como rey de Jerusalén. Tal calibre alcanza la tradición de esta reliquia. Abu Zeit y toda su corte se convirtieron inmediatamente y Caravaca tomó ese signo ('In hoc signo vinces') como su estandarte en un territorio de frontera indómito en el que la violencia campó hasta la caída del reino de Granada. La leyenda de Constantino se repetía para dejar en los libros una epopeya única, como única es la ciudad y la historia de Caravaca.

Dentro del arte del siglo XVI en Murcia hay seis piezas clave: las historias de la Vera Cruz atribuidas a Hernando de Llanos, guardadas en el Santuario de Caravaca. Su historia es compleja y conocida: se supusieron encargadas por el marqués para la iglesia de El Salvador, algo que ha sido rebatido. Fueron sucesivamente atribuidas a Llanos y a su taller e incluidas en algunas de las grandes exposiciones del periodo. El historiador González Simancas vio dos más de las que actualmente tenemos, lo que hace pensar en un retablo de grandes dimensiones, tal vez el del altar mayor de la primitiva basílica. Son obras en las que se conjugan lo primitivo y lo moderno bajo una premisa: la innovación de los modelos. Encontraremos escenas que se copian a lo largo de la historia: un calvario, una piedad, la fuga a Egipto, matanza de los inocentes... Siempre se repite, a veces se renueva, un modelo preestablecido.

En el caso de las seis tablas de Caravaca tenemos un relato no plasmado antes, una narración inédita del milagro de su aparición, de otro posterior y un San Juan en Patmos, quizá una calle lateral del retablo. Llanos y su taller dejaron para la posteridad un modelo novísimo en el que narraron a una multitud de fieles y peregrinos el hecho místico y los modos y formas del siglo XVI. Son, sin duda, uno de los grandes tesoros de la Región.

Las tablas han sufrido como pocas el paso de la historia. En el siglo XVIII, por orden del capellán de la Cruz José Miguel Melgares Sahajosa, se hizo una restauración desastrosa, al modo de la época, y se les puso un marco azul y dorado que ha distorsionado su percepción hasta hoy. Las sucesivas restauraciones, si bien no tan nocivas, han ido desgastando las obras hasta dejar algunas partes irreconocibles. En muchos casos considerábamos que se había perdido para siempre, pero pronto íbamos a descubrir que no era así. En 1985 Francisco López Soldevila, en el Centro de Restauración de la Comunidad Autónoma de Murcia, hizo una importante intervención en la que se sustituyeron los embarrotados de travesaños por unos móviles que permitieron estabilizar las tablas.

Para la conservación de la pintura sobre tabla es muy importante la estabilidad de temperatura y humedad. La madera está viva y al perder agua se contrae de la forma en que al recibir demasiada se hincha, como la puerta de un baño. Mientras las tablas se mostraron en la capilla de la Aparición la estabilidad fue favorable, pero en 2003 se llevaron al museo en el que los cambios, sobre todo de humedad, hicieron 'sudar' estas obras. La situación llegó a ser crítica. En esta tesitura, cuando desde la organización de 'Signum' solicitamos el préstamo de las tablas a la Cofradía de la Vera Cruz, su propietaria, encontramos que la restauración era ya urgente. Una exposición debe dejar algo más que el número de visitantes, y ese algo es la restauración y puesta en valor del patrimonio de todos. La restauración de las tablas pasó a ser nuestra prioridad, pero no podíamos hacer nada en un contexto complejo en el que había que optimizar cada céntimo invertido. El tiempo corría en nuestra contra y la tarea se hacía casi imposible.

El futuro de la cultura será la colaboración de lo público con lo privado, generar una cultura de mecenazgo que en Reino Unido ha producido uno de los grandes patrimonios artísticos del mundo y que en España es cosa de visionarios. No siempre somos sensibles al valor de nuestro patrimonio artístico. Es una cuestión cultural. No es solo una cuestión de valor material, de hecho las tablas de Caravaca tienen un valor simbólico muy por encima del económico. Es importante que, en cada tiempo y en cada lugar, haya personas que entiendan esto y preserven todo esto para aquellos a los que parece no interesarle mucho. La educación, como en todo, es fundamental en este asunto, y en este caso debemos inculcar una idea: la conservación del patrimonio convierte el pasado en futuro. En enero de 2017 se llegaba a un acuerdo con la Dirección General de Bienes Culturales -que aprobaba y supervisaría el proceso- por el cual Banco Santander y Fundación Banco Santander se harían cargo del coste de una restauración que supondría más de un año de trabajo. Esta donación significa para Caravaca un regalo muy importante y, al mismo tiempo, uno de los grandes logros de este año santo. El mecenazgo es amor a la cultura y, por lo tanto, amor a la humanidad, y este acto lo evidencia.

La persona idónea para llevar a cabo una tarea tan importante y compleja era Manuel Sánchez Rodríguez. Especialista de muy larga trayectoria, ha intervenido en algunas de las grandes restauraciones históricas en Murcia y, además, es cofrade de la Vera Cruz. Su conocimiento de las tablas, de su historia, estado y posibilidades es insuperable. El reto, marcado por una fecha inamovible: el 6 de julio en que se inaugurará 'Signum', era muy grande, y Manuel hizo un esfuerzo en todos los sentidos y comenzó inmediatamente la restauración. Se instaló el taller en la torre del Santuario. Las ventanas introducían la luz giratoria del sol sobre la montaña mágica todos los días. Entraba por el este al amanecer y sorprendía a Manuel, ya sobre las tablas, en medio del extraño despliegue de focos, tablas y barnices. Ha pasado tanto tiempo allí con su bata blanca que los guías del museo lo llaman el fantasma del castillo. El proceso minucioso era observado por expertos que viajaron 'ex profeso' para disfrutar de una experiencia bellísima, pero también por los miles de peregrinos que se encontraban con la escena cada vez que visitaban el museo, ya que el taller se convirtió en parte del recorrido. Algunos, con la paciencia suficiente, veían aparecer el oro bajo los siglos de barnices y repintes. Las tablas iban cobrando un brillo distinto con la retirada de retoques y chapuzas. El estuco oxidado aparecía como una suerte de sarampión para ser cubierto de nuevo. Manchas abstractas iban cobrando nuevas vidas a rayitas y puntitos que con una paciencia imposible iba ejecutando Manuel. Esas vidas son las de rostros borrados que se reconstruyen sobre huellas casi perdidas, es la parte arqueológica de la restauración, que necesita de la evidencia para producir un solo trazo. A veces los peregrinos permanecían horas embobados en procesos largos y minuciosos producto de la maestría del restaurador y del amor por el objeto de su trabajo.

Una tras otra, al recibir el barniz, se invertía el proceso. Antes la luz penetraba a duras penas en la oscurecida y falsa realidad de las tablas: un castillo, una torre, el escenario del bautismo... ahora, a la manera de los cuadros góticos, el oro proyectaba la luz desde dentro del cuadro al espectador. Los brocados de las telas de la reina, del séquito de Abu Zeyt y de los tapices ofrecen una nueva lectura del trabajo de Llanos y su taller. Con el paso de las semanas los volúmenes iban surgiendo en cabezas de caballos, en pilas y altares y la pureza de un clasicismo poco ortodoxo hacía aparecer para el que escribe la mano de Juan de Vitoria, uno de los grandes maestros por descubrir y discípulo aventajado de Llanos en algunos detalles, si bien ahora hay que estudiar estas piezas bajo una luz distinta.

Arriba se hablaba de un regalo a Caravaca y del mecenazgo del Banco Santander y Fundación Banco de Santander como un acto de amor a la humanidad, y es que hoy el arte es una de las pocas salvaciones. En un mundo que naufraga entre guerras absurdas, incomprensión y odio, el arte se torna más importante, es un refugio para quien quiera encontrar lo que de bueno queda en nosotros. Esta historia se podría haber contado como una novela moralizante y hablar del empuje de personas e instituciones que han trabajado para que en lo alto de una torre, en un escenario místico de antigua ciudad templaria, seis tablas vuelvan a lanzar sobre este tiempo las arcanas escenas de la construcción de un mito, de una leyenda fundacional sobre la que se apoya la fe de un reino que es nuestro pasado, aunque no siempre le hacemos justicia.

Mi obligación es invitarlos a visitar las tablas en SIGNUM, ya que suponen uno de los grandes atractivos de la muestra, pero honestamente no puedo dejar de advertirles de la excepcional experiencia de visitar la torre en la que Manuel da vida a esos restos de un tiempo remoto. Vayan a Caravaca y vean las historias de la Vera Cruz en el proceso por el cual cobran vida. No lo olvidarán.

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