Juan Manuel Díaz Burgos: «Me jubilaré cuando me muera»

Las Guáranas. República Dominicana. 1994./Juan Manuel Díaz Burgos
Las Guáranas. República Dominicana. 1994. / Juan Manuel Díaz Burgos

«No solo me divierto mucho haciendo mi trabajo, sino que, además, este me proporciona un importantísimo enriquecimiento humano», indica el fotógrafo y viajero cartagenero, Premio Bartolomé Ros 2017 en reconocimiento a su trayectoria

Antonio Arco
ANTONIO ARCO

Un día retrató a un pescador cuya imagen recuerda al protagonista de 'El viejo y el mar', de Ernest Hemingway. Pasa con muchas de sus fotografías: recuerdan a otras gentes, a otros lugares, a otros mundos posibles. Viajas con ellas. A lugares despiertos, a casas humildes, a ombligos y caderas, a la realidad en blanco y negro o a todo color; conoce lo bien que se lo pasan «los jóvenes deseosos de vacilar con las bellas muchachitas», y lo cómodo que se está cuando se acepta con naturalidad la diversidad: «Los gordos mezclados con los flacos, los negros con los blancos, el pollo con las habichuelas, o los bikinis chinos con los bañadores de arpillera».

«¿Qué haría yo sin una cámara?», se pregunta Juan Manuel Díaz Burgos (Cartagena, 1951), feliz tras haber sido galardonado, en el marco de Photoespaña 2017, con el Premio Bartolomé Ros a la mejor trayectoria española en fotografía. Todo un reconocimiento a «su constancia, independencia, empatía y compromiso con realidades próximas y lejanas, en España y Latinoamérica, construyendo historias en torno a las pasiones que caracterizan al ser humano». Díaz Burgos no tiene mucho interés en encontrar la respuesta a la pregunta que él mismo se ha hecho. «Lo que más me interesa es reflejar la vida, ese gran misterio», dice.

-¿Qué destacaría de su quehacer fotográfico?

-Que no solo me divierto mucho haciendo mi trabajo, sino que, además, éste me proporciona un importantísimo enriquecimiento humano.

A Juan Manuel Díaz Burgos, quien hasta el pasado 2 de abril mostró en el Muram y el Palacio Molina cartageneros su última exposición, 'Calle del Ángel', precisamente la calle que le vio nacer, todo le llama la atención y son muchísimas las cosas que le despiertan la curiosidad y a las que les puede encontrar su gracia: «Guajiros exhibiendo sus caballos, la cerveza de pipa o dispensada, la lluvia torrencial, los neumáticos salvavidas, el sofocante calor, la siesta, el buen ron...».

Hay países que son destino para los espíritus inquietos en busca de corazones enormes y de experiencias que alimenten el cuerpo y el alma. Países, como Perú, México, República Dominicana y, sobre todo, Cuba, que han marcado la trayectoria vital y profesional del fotógrafo cartagenero, quien en sus calles y entre sus gentes se ha perdido mil veces en un mar de sentimientos y sensaciones enfrentados, y se ha enamorado de la vida. Fruto de su relación durante años con estos destinos y sus gentes, con sus glorias y sus infiernos domésticos y vitales, el artista ha ido obteniendo y seleccionando cientos de imágenes que son como besos, como pequeñas ventanas por las que, a miles de kilómetros de esos lugares, se puede respirar al ritmo de sus habitantes y sentir sus latidos, su excitación, su miedo, su miseria, su arrojo. Son como olas a las que apetece volver una y otra vez.

El universo creativo de Juan Manuel Díaz Burgos, durante muchos años tan solo en blanco y negro, y casi siempre extraño como si estuviese a punto de estallar una tormenta, se ha mezclado durante años con los andares y los deseos de sus retratados, muchos de ellos también españoles. De aquí y de allá, pobre gente, gente pobre, gente hermosa, alegre gente, rostros enormemente dignos, modelos en su práctica totalidad anónimos, fiestas, tradiciones, baños en el mar, desamparos, ternura, santería, soledades, sexo a escondidas, cuerpos en celo, cuerpos heridos, violencia...; Díaz Burgos retrata la vida porque no podría vivir la suya propia de otra forma.

En apariencia un ser en calma, pero en su interior una centrifugadora de nervios e inquietudes, esculpe con embeleso sus imágenes en su laboratorio, cuyos secretos solo él conoce. El artista se ha fundido con la realidad de los países que visita y, sobre todo, ya se ha dicho, con Cuba, «sincretismo de razas, religiones y colores en el que yo me encuentro muy a gusto, como hechizado por unas gentes que, sin apenas lo necesario para sobrevivir, te enseñan más de la vida y de sus misterios de lo que podemos enseñarles nosotros a ellos, que vamos de listos cuando lo que hacemos muchas veces es complicarnos unos a otros la existencia estúpidamente».

Ha empleado muchos veranos Díaz Burgos en meterse en las casas de los retratados y ha logrado inmortalizar sus almas sin cerrojos. «Me he dejado la piel metiéndome en el interior de sus viviendas para contar toda la vida que estas encierran», indica el autor de hermosos libros como el titulado 'La Habana. Visión interior', editado por Lunwerg.

El comisario de exposiciones Juan Carlos Moya dice de él: «Con el presente convive, lucha, juega, llora, se enamora y se enfrenta Díaz Burgos, uno de los más relevantes reporteros documentalistas que posee este país. Sus trabajos son sinceros, honestos y, desde el epicentro del alma, este trotamundos nos ayuda a descubrir con sus fotografías otros instantes, otras vidas. Representa la existencia sin adornos ni florituras, desde la desnuda y a veces cruel mirada de alguien que quiere hacernos partícipe y, si es posible, implicarnos en el mundo que nos rodea y por el que transitamos demasiadas veces como autómatas».

Díaz Burgos lleva desde sus inicios una línea de trabajo que, en opinión de Miguel Castro Muñiz, «requiere mucho desgarramiento, un espíritu de sacrificio muy grande, propio de gentes que son muy difíciles de encontrar. Díaz Burgos no es nacional ni tampoco foráneo, remito a su ajetreada vida. Todo artista que vale algo es simplemente un artista. El suyo es un equipo en el cual es muy difícil jugar. Él viene a ser, en el proceloso 'mare nostrum' de la fotografía, algo así como Colón, un navegante atrevido, pero con mucho rollo por rodar».

Es cierto: el universo creativo del fotógrafo cartagenero tiene sangre en sus venas y un ansia de exprimir la vida hasta su última gota de jugo, y eso aunque muchas veces sus atmósferas sean tristes o extrañas. Fotografías en las que conviven lo sutil y el espectáculo, la evidencia y lo subterráneo, la desgracia y la gloria, las luces extraordinarias, los colores radiantes, el orgullo de estar vivos, las cicatrices que dejan los años.

Logra Díaz Burgos con naturalidad enseñar a través de sus fotografías un mundo de sigilos en el que tienen cabida las historias de huidas y esperanzas. Uno de los autores más interesantes incluidos en la 'Biblioteca de Fotógrafos Españoles' de La Fábrica, disfruta especialmente cuando su cámara capta el estallido de los sentidos de los protagonistas de sus imágenes, en las que lo que hay por encima de lo anecdótico son historias de carne y hueso. Historias en las que habitan el deseo y la seducción, dos temas por los que siente debilidad el autor de trabajos como 'Deseo', en el que una vez más dejó patente su admiración y respeto por los países de América Latina.

En otro de sus proyectos fotográficos más singulares, 'Trópico de Cáncer', el espectador se encuentra con ojos que no ven, pero que te miran. Aunque no lo creas, aunque no lo sepas. Lo que piensas, lo que sientes, lo que deseas, lo que recuerdas...; ellos son el espejo en el que te miras. Ellos son todos los tópicos, son el fruto de la cultura y la incultura, son la consecuencia del sol y la escasez, del deseo y de la Historia, de las herencias recibidas, de la nada recibida, de la fe, del paso del tiempo, del esplendor del tiempo... Todos ellos son las mujeres y los hombres que protagonizan la serie de imágenes más esmeradamente teatral y, discretamente conceptual, que ha realizado hasta la fecha Díaz Burgos. Un total de 39 fotografías a todo color creadas en íntimos escenarios cubanos, dominicanos y haitianos.

Acumula Díaz Burgos miles de buenos recuerdos, y también hay mucha gente, para siempre habitantes de sus fotografías, de la que jamás se olvida. En una de sus imágenes más inquietantes, aparece Rosa. Es cubana, es enfermera y está tumbada en su pobre cama de su pobre cuarto, comida por la fiebre. Rosa tiene un mal día, un día nublado en mitad de La Habana soleada y calurosa en la que habita, junto a su hijo, que ríe y juega a su lado, ajeno a la fiebre, al pobre cuarto y a la pobre cama. Ambos en la casa familiar y casi en ruinas, o en ruinas, que da al Malecón, que da al mar, que da al futuro. A Rosa la fotografió en 1998 Juan Manuel Díaz Burgos, quien en diciembre de 2016 escribió un artículo en 'La Verdad', acompañando a sus propias fotografías, titulado 'Despierta, chico, ha muerto el Comadante', en el que relataba en primera persona los momentos que vivió en La Habana, donde se encontraba una vez más de viaje, la noche en la que falleció Fidel Castro.

Estos días, en su casa de Cartagena, Díaz Burgos prepara una nueva exposición, muy especial y comisariada por Chema Conesa, titulada 'Dios ibero-americano' y que se inaugurará en Madrid, el próximo 30 de noviembre, en la prestigiosa Sala Canal de Isabel II. «Yo me jubilaré cuando me muera», deja bien claro.

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