Un jardín con un prólogo y tres actos

El lago grande de la villa de Pegli, con el templo de Diana, donde llegan las almas purificadas tras atravesar el infierno./Vicente Vicéns
El lago grande de la villa de Pegli, con el templo de Diana, donde llegan las almas purificadas tras atravesar el infierno. / Vicente Vicéns

Manuel Madrid
MANUEL MADRIDMurcia

En la colina de Pegli encontramos el escenario natural de una tragicomedia. La villa Durazzo Pallavicini es una de las sorpresas magníficas de Génova, con un parque concebido como un gran teatro al aire libre, donde el visitante es espectador y actor de la trama. El escenógrafo Michele Canzio, ligado al teatro Carlo Felice -otra de las joyas de la corona de esta ciudad que vive su particular renacimiento cultural- organizó este espacio con un prólogo y tres actos: la vuelta a la naturaleza, la recuperación de la historia y la catarsis. Todo es posible en esta obra abierta. Una avenida empedrada nos pone en situación de lo que sucederá después. Parte desde el centro de Pegli, junto a la estación de tren -fue construida en 1857 para asegurar las visitas a este lugar tan misterioso y tan pleno de símbolos-, por decisión del marqués Ignazio Alessandro Pallavicini. Cuatrocientos metros en los que uno no puede llegar ni a imaginar lo que vendrá después.

Para empezar, el palacio Grimaldi, del siglo XVII, de cuerpo cúbico y cubierta piramidal, mirando al mar. Alrededor bailan las palmas, los árboles barrigones y las magnolias. Por un bosquecillo sombreado de acebos se llega a una verja donde hay dos perros guardianes esculpidos. El hombre se pierde en una selva oscura dantesca buscando los verdaderos significados de la vida. Un viaje introspectivo y una inmersión en la naturaleza salvaje. Así es concebida esta travesía, donde los árboles que se cruzan forman un auténtico telón teatral. Las estatuas de Leticia y Abundancia esperan al fondo, atravesando un bulevar de estilo parisino, invitando al transeúnte a abandonar la materialidad de las vidas cotidianas y a proseguir el necesario viaje del autodescubrimiento.

En el primer acto hay un oasis mediterráneo, alcornoques y una avenida de camelias. La naturaleza, en toda su variedad, puede asustar. La brusquedad de la selva. La monumentalidad. La potencia. La llanura de Pegli se intuye de fondo. Vienen manantiales, capillitas, un olivar con cabaña, el castillo del capitán con sus vidrieras en distintas tonalidades de ámbar y sus almenas gibelinas y alfombras de jaras y madroños, el mausoleo y el cementerio de los héroes -la muerte no hace distingos-, un parque de atracciones, las cuevas del infierno, el lago grande y el paraíso empíreo, un lugar mágico, de luces, colores y perfumes extraños, con puente romano, quiosco otomano, obelisco egipcio, pagoda y puente chino, e increíbles juegos de agua.

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