Génova atrapa en su red a Murcia

La capital de Liguria muestra al mundo su poderío cultural lanzando una nueva Ruta de la Seda que incluye a la ciudad del Segura, donde los italianos gozaron de enormes privilegios

Uno de los bellos rincones de Génova bañado por el mar. /Vicente Vícéns/ AGM
Uno de los bellos rincones de Génova bañado por el mar. / Vicente Vícéns/ AGM
Manuel Madrid
MANUEL MADRIDMurcia

Viajar en el tiempo debiera ser asignatura obligatoria. No habrá mejor forma de aprender y de crecer, seguramente, como con esa fusión espontánea con lo insospechado en otras latitudes. El neoyorquino Herman Melville recorrió durante dos meses Italia en 1857. Hacía seis años que había puesto en órbita 'Moby Dick', la soberbia historia de la ballena blanca siempre viva en el imaginario del lector. En su mirada decimonónica tuvo que quedar retenida -no hay testimonio concreto del impacto, por lo que hay margen para suposiciones-, la turbadora imagen de esa Génova célica e inesperada, que hoy, pese a su magna leyenda, es injustamente relegada entre las preferencias del turismo de masas. La antigua república marinera, patria de capitalistas y trujamanes, se resiste a ocupar puestos de relleno en el escalafón de las urbes de moda y está en continuo ejercicio de reivindicación, sabedora de que en los tiempos que corren es buen lugar para atrapar en sus redes a hombres y mujeres itinerantes para los que cambiar de aires puede ser «una cura de humildad», como dejó por escrito Gustave Flaubert («pues te das cuenta del diminuto lugar que ocupas en el mundo»).

La atracción de Génova no puede cuestionarse. Llama la atención la infinidad de fuentes en las que aparece citada. Historias escritas, cantadas y bailadas a lo largo de centurias dan fe de ese apogeo sostenido del que hay hermosos testimonios. Poner un pie en el puerto antiguo, remodelado en 1992 por el carismático arquitecto Renzo Piano para el V Centenario del descubrimiento de América, resulta tan emocionante -no solo por el acuario- como releer las referencias del coro de admiradores de la ciudad que cita Mario Damonte en su estudio sobre Cervantes y Génova, «la más grande cosa del mundo a ver», como apreció el caballero castellano Pero Tafur, que transitó por sus calles «de inverosímil estrechez» en 1435.

Estamos ante un lugar mitificado por notabilísimas figuras, como Colón, Cervantes y Paganini, el «violinista del diablo», oriundo de esta apasionada plaza mediterránea, que exhibe como uno de sus tesoros el violín más apreciado por el único compositor capaz de poner en trance a Goethe. Una suerte de incesante placer se apodera del tragaleguas. Cada paso por la 'Ciudad de María', por la repetida adoración de la figura bíblica, provoca un estímulo.

Génova apenas descubrió hace dos décadas su vocación turística, coincidiendo con su reconversión. Como Cartagena, pasó de ser un trillado fondeadero industrial a proyectarse como puerto de culturas. Las autoridades locales han puesto en marcha una estrategia de promoción que les ha llevado a buscar aliados en Europa, y podría parecer una casualidad que Murcia figure en la nómina de colaboradores, pero no es cosa del azar.

Mercaderes en Murcia

La relación entre Murcia y Génova fue largamente estudiada por dos de los murcianos que más han contribuido a la divulgación de las fuentes históricas: Juan Torres Fontes y Ángel Luis Molina. El primero con su estudio 'Genoveses en Murcia (Siglo XV)' y el segundo con 'Mercaderes genoveses en Murcia durante la época de los Reyes Católicos (1475-1616)'. Documentos excepcionales para encontrar los vínculos más fuertes -casi graníticos, o de piedra de promontorio, como las que dan forma a la blanquinegra fachada de la catedral de San Lorenzo- entre los mercaderes genoveses en Castilla y, especialmente, en el Reino de Murcia.

Por ellos, que escrutaron de forma meticulosa los fondos del Archivo Municipal e Histórico de Murcia y General de Simancas, sabemos que los comerciantes venecianos y genoveses gozaron de ciertos privilegios y exenciones para sus actividades en la Península. El comercio con Castilla se hacía a través del puerto de Cartagena, y los italianos, según Molina, una vez expulsados los judíos en 1492, «pasarían a desempeñar las funciones de prestamistas, banqueros, recaudadores de impuestos...».

No extraña, pues Génova fue el lugar donde nació la primera banca del mundo y, de hecho, la Real Academia de la Lengua recoge esta acepción para referirse a los banqueros en los siglos XVI y XVII. Uno de los más célebres en Murcia fue Tadeo de Negro, que prestó 25.000 maravedíes al Concejo de Murcia en 1478 y otros 15.000 «para celebrar la procesión y fiestas por la capitulación de Granada». Estos mercaderes tenían autorización para sacar cosas vedadas (de los reinos de Castilla no podían salir ni caballos, ni rocines, ni yeguas, ni potros, «ni otras bestias caballares», ni vinagre ni sal, por ejemplo) y para la venta de paños, a pesar de la prohibición real. También se sentían perjudicados por las tasas impuestas («contribuciones indebidas»), y ahí están las cartas en las que piden gozar de las libertades de almojarifazgo -derecho que se pagaba por los géneros o mercaderías que salían del reino, por los que se introducían en él, o por aquellos con que se comerciaba de un puerto a otro en España, reza la RAE-.

Según los historiadores murcianos, estos genoveses asentados en Murcia proporcionaban telas de oro y seda, tintes, trigo, especias y objetos de lujo a los gremios locales, y negociaban con ellos la exportación de mercancías murcianas (higos, aceite, miel, arroz, lino, lana, cueros y todo tipo de carnes vivas y muertas). Es curiosa la relación de apellidos genoveses documentados en Murcia, como Rey, Grimaldo, Oria, Pinelo, Pagán, Salvago y Espinardo. Las relaciones entre las dos ciudades están ahora, de nuevo, impulsándose gracias a proyectos conjuntos bajo el paraguas de la Unión Europea.

El Comune de Génova ha puesto en marcha un plan para recuperar la «genovesidad» en el mundo, restableciendo relaciones con los lugares donde comerciaron sus antepasados, y, como en una nueva Ruta de la Seda, punteando lazos perdidos desde Argentina a Medio Oriente, de Crimea a Cabo Verde. En esa lista de lugares aparece Murcia.

«Nosotros no hacíamos conquistas, sino contactos comerciales, y de ahí que hayamos mantenido las buenas relaciones», instruye a 'La Verdad' el vicealcalde de Génova, Stefano Balleari, que recientemente recibió en la capital de Liguria a una delegación de Programas Europeos de Murcia para dar consistencia a ese interés mutuo de colaboración.

Murcia y Génova, de hecho, forman parte de un proyecto común - 'Urbact: interactive cities'- para la utilización de las redes sociales como impulso a los procesos de participación ciudadana y para el desarrollo de acciones de marketing y promoción turística, donde los genoveses han dando pasos de gigante. Esa colaboración también se da, según expone Mercedes Hernández, jefa de programas europeos del Ayuntamiento de Murcia, en otro proyecto con Canadá y Japón de I+D+i con socios tecnológicos para conectar con el ciudadano en la toma de decisiones públicas y actuaciones como el programa ADN Urbano de Santa Eulalia (Murcia), cuya metodología de intervención se inspiró en el modelo Génova. La capital de la región de Liguria quiere estar en todas las salsas, aunque la más conocida, como acreditan los locales, sea el pesto, preparada con albahaca, ajo, piñones machacados y aceite, un condimento especial para la pasta patria, y dentro de ella para el -ubicuo- trofie de sémola.

La belleza y Cervantes

Los genoveses tienen tras de sí una historia escrita con letras de oro. Cervantes, en su 'Viaje del Parnaso', se refiere a esta «ciudad hermosa y bellísima [...] que en aquellas peñas parece que tiene las casas engastadas como diamantes en oro». Y en El Quijote, Mario Damonte encuentra alusiones a Andrea Doria, uno de los genoveses más laureados, almirante mayor de Carlos V -a quien alojó durante 12 días en su palacio genovés- y héroe de épicas hazañas ante los ejércitos otomanos. En 'El vizcaíno fingido' se dice que «vale más un genovés quebrado que cuatro poetas enteros». En 'La Gitanilla' hay otra distinguida mención: «Versos hago, y no soy rico ni pobre; y sin sentirlo ni descontarlo, como hacen los genoveses sus convites, bien puedo dar un escudo o dos a quien yo quisiere».

La guía turística Marina Firpo rescata el proverbio latino: 'Genuensis ergo mercator (genovés, luego mercante)', que no puede estar, aunque parezca mentira, más vigente.

Comercios antiguos

Génova presume de tener el casco antiguo más grande de Europa, una laberíntica urdimbre medieval con edificios de seis y siete alturas donde la mafia tiene controlados algunos barrios -el contrabando de droga y la prostitución se ejerce descaradamente a la luz del día a poco que uno se adentra en la maraña- y donde el Ayuntamiento, en un contagioso gesto de victoria, autoriza grafitis artísticos en los locales ganados al hampa.

Génova reúne algo diferente. La supervivencia del comercio antiguo en callejones ('caruggi'), talleres de oficios perdidos, las más sofisticados 'botigas', decenas de 'pescherias' y puestos de comida muy especializados, ya sea de 'stocafisso' (merluza o bacalao desecado), de tripas de cordero o de figuritas de belenes, tradición en lo que vuelve a coincidir con Murcia y Nápoles.

Cesare Torre, director de Comunicación y Promoción de la 'città', invita a descubrir esa relación «muy intensa y rica» entre Génova, el mar y la historia, con una actividad cultural inagotable. Además de 42 palacios renacentistas y barrocos que han dado albergue a emperadores y papas, declarados en 2006 Patrimonio de la Humanidad y repartidos en la vías Garibaldi y Balbi, la región cuenta con cinco de los pueblos más bonitos del mundo. Monterosso, Vernazza, Corniglia, Manarola y Riomaggiore, llamados 'Cinque Terre', están catalogados como Patrimonio Natural de la UNESCO, todos ellos encadenados a lo largo de 18 kilómetros de acantilados dentados.

Los Rolli son una constatación del poderío de las familias genovesas, sobre todo si se tiene en cuenta que en 1667 el censo superaba los 150 palacios. Un 'guetto' creado para albergar a los que se ganaban el ascenso a la primera categoría social. Hoy la música y el entretenimiento tienen cabida en sus paredes pintadas con frescos, pero también sirven como atractivo para montar museos (Palazzo Rosso, Palazzo Bianco y Palazzo Tursi), tiendas de moda, oficinas bancarias, etc.

El premio Nobel de Literatura de 1975, el genovés Eugenio Montale, cantaba: «Felicidad lograda, caminamos por ti sobre un filo de espada». Aquí siempre suenan las canciones de amor. Solo hay que acercarse hasta Nervi y Boccadasse, y ver el lugar donde Gino Paoli escribió 'C'era una volta una gatta': «Había una vez una gata, que tenía una mancha negra sobre el hocico en un antiguo ático cerca del mar con una ventana a un paso del cielo azul (...).». Génova es así. Amorosa.

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