Fotografías para vencer a la muerte

Fernando Navarro. Duelo en Totana. Hacia 1905./Archivo General de la Región de Murcia.
Fernando Navarro. Duelo en Totana. Hacia 1905. / Archivo General de la Región de Murcia.

Durante siglos, las familias acomodadas han hecho pintar o esculpir a sus hijos difuntos, lo cual ha producido obras de arte extrañas, macabras a veces y muy bellas otras. La llegada de la fotografía democratizó el proceso y la gente más sencilla pudo quedarse con un recuerdo físico de sus seres queridos. Una historia de amor más allá del final de la vida

Nacho Ruiz
NACHO RUIZ

De la misma forma en que, cuando nacemos empezamos a morir, el arte deja testimonio con frecuencia del tránsito, incluso cuando ya hemos muerto. La muerte es un tema central para casi todos los seres humanos, es el gran problema, el inevitable. Gracias a veces a la ficción podemos engañar a la memoria, sobrellevar el hecho irremediable de nuestra muerte futura, más o menos próxima, y de esa forma lo entendió Alejandro Amenábar en 'Los otros', la película que en 2001 nos dejó clavados en los asientos. En ella -espero no hacer 'spoiler' más allá de lo tolerable- aparecen unas imágenes de difuntos que, en realidad, son los que creemos vivos. Cuenta la profusa leyenda de esa peli referencial que, entre las imágenes recreadas para el álbum 'post mortem' está el propio Amenábar. La risa nos aleja del horror, pero generalmente el horror de la muerte no tiene escapatoria, máxime si son los niños los que se marchan. No entiendo ese dolor porque no lo puedo imaginar y no lo puedo imaginar porque cada vez que lo intento me espanta el dolor. Son cosas de este tiempo en el que los niños apenas mueren, lejano de un pasado en el que la muerte era un compañero demasiado frecuente en esta España que miraba desde lejos, desde atrás y desde abajo a la pujante Europa culta y rica.

El retrato de difuntos es consustancial al arte desde las primeras civilizaciones: Egipto es el gran ejemplo

El retrato de difuntos es consustancial al arte desde las primeras civilizaciones: Egipto es el gran ejemplo, pero la tradición griega de los hermas no es otra cosa que la glorificación del difunto que merecía ser glorificado. La Roma republicana democratizó este hábito y los atrios de las casas lucían hiperrealistas recreaciones, frecuentemente sobre mascarillas mortuorias, de los protectores antepasados convertidos en dioses familiares, recuerdos de manes y penates. El cristianismo adora innumerables difuntos y los retrata de forma idealizada adaptándose al estilo pero, como todas las religiones, como todas las artes, cuestiona la transitoriedad de la vida en el reflejo del desaparecido. Sin embargo, no solo el arte religioso nos genera esta aporía temporal en la contemplación del difunto. Cuando vemos a John Wayne en el quicio de la puerta, ese icono eterno de 'Centauros del desierto' solo vemos la sombra del héroe, su cuerpo se pudrió hace décadas aunque el arte lo haga inmortal. El arte hace eterno al que vive y morirá pero existe también un arte de eternizar difuntos.

Probablemente el más destacado genio de todos los tiempos de esta tradición sea Fernando Navarro, de Totana

Arte fúnebre

Puede sonar raro pero probablemente el más destacado genio del retrato mortuorio fotográfico de todos los tiempos sea murciano: Fernando Navarro, de Totana. Sería injusto no citar antes al lorquino José Rodrigo (1837-1944) al que tantísimo debe la historia de la fotografía en Murcia y que dejó una de las imágenes más aterradoras, sinceras y extrañamente bellas de los comienzos de la fotografía en España: la del padre con su hijo muerto. Navarro, Rodrigo, Casaú son solo una parte de un gremio que tuvo en los difuntos siempre una fuente de ingresos y, en unas pocas ocasiones, una forma de crear obras de arte magníficas. Esta introducción sirve como homenaje al trabajo desarrollado Juan Manuel Díaz Burgos al frente del malogrado CEHIFORM y las monografías que recuperaron a creadores hasta entonces poco conocidos para el público general.

Hermanas de luto. De Fernando Navarro. Archivo General de la Región de Murcia. | Retrato con el hermano muerto. De Fernando Navarro. Archivo General de la Región de Murcia. | Padre con su hijo muerto. De José Rodrigo. Hacia 1900

Hace unos años comisarié un ciclo de exposiciones sobre la historia del arte en Murcia desde el romanticismo a la posmodernidad. Entonces me sumergí en la fotografía de muertos con un macabro entusiasmo, dedicándole una sala específica y trabajando para recuperar varias figuras que me provocaron dolor y entusiasmo, términos que, sin llegar a constituir un oxímoron, plantean un alejamiento aparente. Es aquel comisariado un trabajo del que sigo recuperando imágenes y citas. En la exposición correspondiente a la identidad, donde se mostraron las fotos de muertos, escribía que todo retratado es un difunto, solo que algunos están todavía en trámite de serlo. El retrato se hace con el fin de que la persona viva tras la muerte, y así ocurre desde el principio de los tiempos. Es una consideración muy loable pero cuando el espectador de la exposición se plantaba delante de las fotos de niños muertos el horror lo hacía alejarse. Luego, después de ver otras piezas, de recorrer otras salas, indefectiblemente volvía. Miraba las fotos otra vez, se volvía a ir. En cierta forma, muchos se sintieron secretamente culpables de disfrutar en términos estéticos de esa tristeza insondable que provocan las vidas de criaturas malogradas. No debió ser lo mismo, pero tal vez alguien entienda lo que decía de entusiasmo y dolor al mismo tiempo. Pero, virando a la historia del arte, o a la historia o a la antropología, en diversos momentos con el transcurso de los siglos surge la necesidad o la voluntad de retratar al personaje ya fallecido, es una curiosa anomalía en la lógica humana solo comprensible desde posiciones emocionales. La máscara mortuoria es tan antigua como el modelado de los materiales que la permiten, desde la ductilidad del oro en la Máscara de Agamenón (1876 A.C) a las ceras con que se reproduce fielmente el frío y anguloso rostro de Dante o el de Ramón y Cajal, sereno y de expresión lúcida aún después de la muerte. No es arte, es simple registro en la memoria de aquellos que perdemos.

La pérdida de un hijo excede cualquier posibilidad de comprensión del sufrimiento. Frecuentemente, para hablar de las distintas intensidades de dolor en esa circunstancia, se alude a la altísima mortalidad infantil en tiempos pasados, pero el argumento no es inteligible desde la óptica del presente. El retrato del niño fallecido es antiguo -los conocidos como mortichuelos-, pero su producción, especialmente en España, se intensifica en el siglo XIX, como evidencia la obra de Tejeo con tal motivo que pertenece al MUBAM. Esa memoria materializada en imagen atenúa un dolor imposible de calmar, y se hace frecuente conforme la fotografía democratiza el proceso. En Murcia son bastantes los fotógrafos que llevan a cabo este trabajo, muchos de ellos desconocidos por los avatares de nuestra historia o por el desconocimiento popular del valor de negativos y placas que han acabado en contenedores de basura con demasiada frecuencia. Entre las memorias rescatadas tenemos al ya citado Fernando Navarro (Totana 1867-1944), dueño de un estudio en el que, con su mujer, Narcisa Martínez Lorenzo, desarrollaron una actividad casi teatral entre decorados, atrezzos y juguetes para los niños (los que le llegaban vivos). Fueron algo más que el notario que todo fotógrafo de pueblo lleva implícito en el cargo. Había que sacar adelante a los seis hijos de la pareja con la cámara que él mismo construyó y lo hicieron con retratos rara vez sumarios y en obras de arte dolorosas y complejas como son los muertos. Entre todas esas fotos una: el retrato de grupo con difunta que llevamos hoy en portada. La muerta es el eje vertical de una composición en la que, en realidad todos parecen más muertos que vivos, al menos tan muertos como la difunta. La colocación bastante Ortiz Echagüe (mucho antes que él) de ropajes y posturas en esa imposible simetría de cuerpos dolientes, de vestidos de luto que, en cierta forma, remata la roja nariz del hombre que corona la composición... todo ello nos hace olvidarnos que el teatrillo de Navarro se quedó pequeño para la foto y esta placa se tiró en el patio, con una sábana protegiéndolos a ellos y a la foto de la excesiva luz del campo de Totana. Si las meninas son un espejo, reflejo de la metapintura, esta foto es otro espejo entre los vivos y los muertos, otra ventana en el tiempo, una de las obras maestras universales de la fotografía de difuntos.

Los restos de El Chipé fueron fotografiados por Casaú en una imagen terrorífica de un ser humano casi irreconocible

Al hilo del atrezzo de los Navarro, debemos imaginar el proceso que se produce tras la muerte del ser querido, frecuentemente un niño, y reconstruir los pasos en que se viste al finado, se le coloca en una posición que recuerde el plácido sueño y se le componga una escena embellecida forzadamente con los ingenuos escenarios del estudio del fotógrafo. Toda esa pretendida naturalidad se convierte en sobreactuación, en antinaturalidad. José Casaú (Lorca 1889-Cartagena 1973) llevó a cabo infinidad de estos retratos 'post mortem', si bien no alcanzó el refinamiento de Navarro a la hora de componer escenas tan teatrales como, desde la perspectiva actual, macabras. Recurre con frecuencia al lecho en el que yacen niños y adultos adornados con guirnaldas y juguetes y juega con luces muy marcadas que aluden imperceptiblemente al tránsito a la otra vida. No siempre la emoción motiva estas piezas que no suelen ser consideradas como obras de arte; reproducimos aquí una foto mítica: el retrato del Chipé tras ser tiroteado y linchado en Cartagena.

Un niño muerto. De José Casaú. Una de sus especialidades, fotografiar niñosfallecidos. | El Chipé. De José Casaú. Un mafioso de antes de la guerra. Así es como lo dejaron, hay hasta un dicho: 'que te veas como El Chipé'. | Retrato de difunta. De Fernando Navarro. Archivo General de la Región de Murcia.

Un matón portuario

Corría el año 1936. El Chipé fue un matón portuario que puso su falta de escrúpulos al servicio de la derecha más radical en los últimos años de la Segunda República, lo que le granjeó odios eternos en la ciudad portuaria. Con el estallido de la Guerra Civil fue arrestado, pero al saberse este hecho la gente corrió a la comisaría para ajustar cuentas. La guarnición, viéndose sobrepasada por la multitud decidió llevárselo en un coche, pero los asaltantes fueron avisados por los vecinos de que el Chipé estaba saliendo por detrás. En medio de los zarandeos al coche, el capitán de la guardia le pegó un tiro. Antes de hacerlo le dijo que le estaba haciendo un favor, y así fue. La multitud lo golpeó hasta hartarse, reventaron su cadáver y luego intentaron quemarlo con gasolina, lo cual fue imposible por la cantidad de fluidos que de su cuerpo emanaban. Los restos fueron fotografiados por Casaú (según Díaz Burgos) en una imagen terrorífica de un ser humano casi irreconocible, aunque estando vivo también fue un ser humano irreconocible. La memoria fija como si de mármol se tratase, hechos tan tremendos, y en Cartagena aún se puede escuchar lo de «Has de acabar como el Chipé».

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