Cupido con los ojos abiertos

Eros y Psique. Escultura de Antonio Canova, de 1793./
Eros y Psique. Escultura de Antonio Canova, de 1793.

Impresionismo y cubismo prescinden de los afectos, pero para otros artistas es imposible no contar con ellos

BEGOÑA GÓMEZ MORAL

Pensar que Cupido dispara flechas a ciegas y la gente se enamora sin más complicaciones parece una temeridad desconectada de cualquier noción real sobre relaciones humanas. La mitología grecolatina no era tan ingenua y hasta el Renacimiento era frecuente ver interpretaciones dispares de Eros, en particular un hermano suyo, llamado Anteros, de aspecto bastante parecido, aunque con los ojos bien abiertos para significar el amor neoplatónico, elevado, consciente y, como su nombre sugiere, en lucha constante con su hermano veleidoso, carnal y opuesto.

Tiziano sería menos Tiziano sin amor. A pesar de ser genio prolífico en retratos y escenas sacras, es sobre todo un maestro de bacanales, saturnalias, Dánaes y Venus deslumbrantes como la de Urbino o las del Prado. En 1565 ya había dado unas cuantas vueltas pictóricas a las alegrías y desdichas del interés amoroso cuando pintó de nuevo a Venus. En esta ocasión, en el momento de poner la venda sobre los ojos de su hijo alado mientras unas ninfas se llevan el arco y las flechas. Es lo correcto si, como señalan la interpretación más fiable, se trata de un encargo para un regalo de boda. La diosa permanece atenta a la reacción del otro Cupido, que, apoyado en el hombro de su madre, parece meditar sobre los desmanes que aguardan a los mortales cuando su hermano vuelva a hacer de las suyas.

No habríamos visto estas obras

1
'Amor victorioso' Michelangelo Merisi da Caravaggio (1602)
2
'Los amantes' René Magritte (1928)
3
'Sobre la ciudad' Marc Chagall (1914-8)
4
'El abrazo' Egon Schiele (1917)
5
'Cupido y Psique' Antonio Canova (1787-93)
6
'La mariée mise à nu par ses célibataires, même' 'El gran vidrio' Marcel Duchamp (1915-23)
7
'El columpio' Jean-Honoré Fragonard (1767)
8
'Isaac y Rebeca (La novia judía) Rembrandt van Rijn (1665-9)
9
'Venus vendando los ojos a Cupido' Tizinao Vecellio (1565)

Casi como una respuesta a las preocupaciones del prudente Anteros, unas décadas después, Caravaggio pinta el 'Amor victorioso' de las 'Églogas' virgilianas. Un niño desnudo que se ríe del mundo; descarado, libre de ataduras mientras pisa con descuido los símbolos del afán humano: la fuerza del guerrero, la ciencia del astrónomo, el ingenio de la arquitectura y las artes sometidos por igual a los dardos que sujeta en la mano derecha. La pintura está datada en 1602. Se sabe con bastante certeza porque Caravaggio había pedido las alas prestadas a Orazio Gentileschi, el padre de Artemisia, y porque el cuadro se completa con otro pintado por Giovanni Baglione hacia las mismas fechas donde Anteros da una simbólica paliza a su hermano.

A pesar de sus trastadas, el Amor perduró más parecido a Eros que a Anteros y siguió inspirando arte. Él es quien sostiene el espejo a su madre en la extraordinaria 'Venus del espejo' de Diego Velázquez, una de las escasas pinturas relacionadas con el afecto pintadas por el sevillano. Tampoco Rembrandt vuelca muy a menudo su dotes en escenas amorosas; cuando lo hace, consigue la intensidad de 'Betsabé con la carta de David' o 'La novia judía', con una composición tan similar y un mecanismo emocional tan diferente al del 'Matrimonio Arnolfini' de Jan van Eyck, que había pintado a la pareja de recién casados con precisión de relojero para extraer intimidad y hasta ternura del puro hielo e inaugurar así una especie de dinastía visual prolongada más allá de la seducción bajo cero de las 'Venus' de Cranach.

Con Boucher sucede lo contrario. Su mundo voluptuoso tanto en forma como en fondo lo habitan sobre todo odaliscas -mujeres con poca ropa-, Leda -nada de ropa- y madame Pompadour -mucha, muchísima ropa-. Fragonard por su parte es, prácticamente, un teórico visual del amor. En 'El columpio' se inspira en su faceta lúdica, con el paisaje como protagonista de una escena donde Eros está presente solo en forma de pequeña estatua, aunque su espíritu travieso lo ocupa todo, tanto como la exuberancia rococó de la fronda que desborda el cuadro.

Durante el Neoclasicismo alcanzó popularidad la narración de Apuleyo en 'El asno de oro', donde Eros ya no es un niño. Ha crecido hasta convertirse en un joven voluntariamente herido por su propia flecha y enamorado de Psique. Ella le corresponde, como es lógico. Sus tribulaciones no obedecen a la falta de respuesta afectiva. El problema surge del rechazo inicial de su madre hacia la joven en una narración que, igual que otras fábulas mitológicas -Edipo, Ifigenia, Narciso, Electra,...- sigue viva en los esquemas de la psicología actual.

Antonio Canova permaneció soltero, aunque estuvo a punto de casarse en dos ocasiones. Quizá ese hecho sugiera que el amor no le fue propicio del todo en la vida personal, pero sí le favoreció en el arte. Esculpió en mármol blanco a 'Venus victoriosa' reclinada en un diván con el rostro de Paulina Bonaparte y unos años antes representó el momento exacto en que 'Eros despierta a Psique con un beso', otra cumbre de su carrera que contribuyó a una sucesión de interpretaciones del mismo tema por Bouguereau y otros academicistas; versiones idealizadas y algo dulzonas para el gusto contemporáneo, pero que perduraron a lo largo del siglo XIX.

A los impresionistas el amor como tema pictórico les daba bastante igual. Hay alguna pareja bailando de Renoir y muchos retratos de las mujeres que amaron, pero por lo general preferían los efectos de la luz cambiante sobre un paisaje, una calle de París o un jarrón de flores. Tampoco las emociones a flor de piel de Van Gogh le impulsaron a reflexiones concretas sobre el amor, era un alma sensible volcada en el color y la pincelada.

Al cubismo le bastaba una botella y una pipa sobre una mesa para perderse en el análisis de la forma. Las abstracciones no necesitaban siquiera eso. Mientras tanto Chagall y su mujer volaban sobre el cielo de Vitebsk con alas que, de haber sido visibles, serían las de Cupido, y muy lejos de allí Frida Kahlo mostraba los alrededores del enamoramiento con una imagen de su marido, el volátil Diego Ribera, entre ceja y ceja o se pintaba el corazón abierto y sangrando fuera del cuerpo después del divorcio.

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