La Verdad
Retrato real. Virgen de los Reyes Católicos, por el Maestro de los Reyes Católicos, óleo sobre tabla en el Museo del Prado. Este cuadro debe ser un modelo muy cercano al que, según Cascales, los reyes mandaron pintar en Murcia, hoy desaparecido.
Retrato real. Virgen de los Reyes Católicos, por el Maestro de los Reyes Católicos, óleo sobre tabla en el Museo del Prado. Este cuadro debe ser un modelo muy cercano al que, según Cascales, los reyes mandaron pintar en Murcia, hoy desaparecido.

Colón, el pintor murciano y el traductor judío

  • El viaje del navegante en 1488 a Murcia tuvo gran importancia en el posterior descubrimiento de América, como prueba la entrega de 3.000 maravedíes que le hicieron los Reyes Católicos

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En 1488, buena parte de la cristiandad miraba a una Murcia cristiana cuya arquitectura se encontraba más cerca de Damasco que de Roma. La guerra contra el emirato nazarí de Granada estaba en su fase culminante y los Reyes Católicos instalaron durante unas semanas su corte ambulante en la ciudad para dirigir las ofensivas. Pasaron revista frente el viejo alcázar de los Ben Hud con Juan Chacón, adelantado de Murcia, hombre de gran confianza de la reina e impulsor del más importante edificio del periodo en la Región: la capilla de los Vélez.

El mundo iba a cambiar en los siguientes cuatro años de forma irremisible y nuestra ciudad, que se preparaba para los calores y las tardes largas del estío, acogió a las cientos de personas que constituían aquella comitiva que, en los primeros carros era regia, en los segundos aristocrática y en los terceros ya mundana, todo ello precedido y seguido de la más fiera soldadesca europea, curtida en mil batallas, intrigas y escaramuzas. Murcia, en aquel mes de abril de 1488, era la bisagra de los tiempos sobre la que basculaban el medievo y la edad moderna, fijando en los textos los límites temporales de un universo que iba a doblar su tamaño, su ambición y su curiosidad, abriendo las puertas al mejor de los mundos y, a la vez, al peor.

Fue probablemente en una taberna de la bulliciosa medina donde un navegante de fortuna bebió con otro que no habría de tener tanta en aquellos días. El segundo le dijo al primero que «yendo por aquel camino a Irlanda, se aproximaron tanto al Noroeste que vieron tierra al Occidente de Irlanda...». Era Pedro Velasco, marinero gallego. Dando tumbos había llegado a la ciudad el que confirmaba la existencia de Terranova y, por tanto, la posibilidad de una ruta occidental a Las Indias al otro marinero. Este último era Cristóbal Colón.

La estancia de Colón en Murcia está ampliamente documentada por las actas de la Corona, pero también por su hijo Hernando en su 'Historia del Almirante', y por el padre Bartolomé de las Casas en 'Historia de las Indias'. La razón es sencilla. Desde hacía dos años el navegante perseguía a los Reyes Católicos en su corte 'giróvaga'. Había conseguido entrevistarse con ellos en 1486, en Alcalá de Henares, y volvió a conseguirlo aquí en 1488, cuando tuvo lugar el profético encuentro con Pedro Velasco. Según este relato, fue en la capital del Segura donde Colón tuvo constancia, por boca del marino, de este hecho.

No es el presente artículo ningún descubrimiento; todo está en ambos libros y en los minuciosos estudios de A.B. Gould y Quincy, quien, en 1924, rastreaba la presencia de los protagonistas de estas letras en los escritos de Hernando Colón y De las Casas, pero resulta interesante evidenciar un suceso clave en ese cruce de caminos que fue la ciudad. En 1488, como apuntaba, el asalto a Granada estaba muy próximo, la tensión en el reino era máxima y el adelantado, Chacón, era uno de los hombres más importantes del reino. La recepción de los reyes fue un momento clave en nuestra historia y en la universal, ya que todo apunta a que en esa entrevista se cerró parte de lo que sería el viaje que propició el descubrimiento de América, visto que los soberanos habrían entregado a Colón 3.000 maravedíes. Era el principio de un camino que acabaría en el episodio de las Capitulaciones de Santa Fe.

Por Monteagudo

Intentemos ver los hechos desde la óptica de un murciano del siglo XV, olvidemos que existe la televisión, el cine y tantos estímulos visuales que han acabado con nuestra inocencia e imaginemos los desbordantes colores y sonidos del cortejo frente a la puerta de Molina, que daba acceso al arrabal de la Arrixaca. Los Reyes Católicos habían dispuesto su viaje desde Valencia, tras las Cortes allí celebradas el 12 de abril. Precedidos de Pendones y banderas atravesaron Monteagudo y Larache, cruzaron Churra para llegar, a las 10-11 de la mañana, frente al adelantado, que los recibió con todos los honores, junto a todo el concejo y el Corregidor, Juan Cabrero, que tendrá un papel en nuestro relato. El desfile por las calles abigarradas, engalanadas con telas y tapices, entre los vivas de miles de personas recordarán aquel momento como el más alto de sus existencias, llegó a la catedral de Santa María donde los reyes rezaron antes de pasar frente a las fuerzas militares que lucían sus mejores armas y uniformes. De allí a la casa del Concejo, donde confirmaron los fueros de la ciudad. De aquello, según Francisco Cascales, quedó un retrato que se hicieron pintar junto a la Virgen de la Claustra. Quién sabe dónde estará. Aquella era una ciudad sumida en una guerra santa que aún veneraba el recuerdo de la victoria en la escaramuza de los Alporchones, que aquel día recibía a sus amados reyes, de todas las personas que habían conocido, las más cercanas a Dios.

Hay un registro muy detallado de su estancia en nuestra ciudad con cada uno de sus actos, como eximir a la ciudad del pago de 160.000 maravedíes a la hacienda y, sobre todo, los 3.000 maravedíes que, el 16 de junio, le dieron a Cristóbal Colón. Dioenis Espinosa, un economista de origen cubano, ha tasado el descubrimiento de América en 623 millones de maravedíes, la moneda de la época. Si esta cifra se traslada a euros, no es menos asombrosa: 2.530 millones. Hablamos de los cuatro viajes, por supuesto, pero aún así lo que los reyes entregaron a Colón en Murcia es una cantidad tan pequeña como importante en términos históricos: era una confirmación.

El 28 de julio abandonaron la ciudad camino de Orihuela, parte aún de la Diócesis de Cartagena, de ahí a Yecla, Chichilla... y a un camino que acababa en Granada. Era el principio del fin de la última cruzada. Constantinopla había caído en manos turcas en 1453, sus católicas majestades devolverían la honra a la cristiandad arrebatándole su joya occidental y recuperando la unidad de un reino que, en realidad, nunca había sido uno.

Tres desconocidos

La historia ha pasado de puntillas sobre la figura de tres individuos hoy desconocidos pero con papeles sensibles: el citado Juan Cabrero, corregidor de Murcia en aquellos días de 1488; Diego Pérez, primer pintor, muy probablemente cartógrafo y tal vez astrónomo, que viajó a las Indias como también hizo Luis de Torres, el primer explorador de Cuba y el primer europeo en ver cómo los indios fumaban. Extraños papeles repartió el destino para ellos.

Empecemos por Cabrero. Aragonés de nacimiento, es un personaje clave, ya que desde su posición como consejero del rey influyó decisivamente en el visto bueno para la financiación del primer viaje a América, lo que le valió prebendas de todo tipo, siendo las significadas las que se le pagaron en carne humana. José María Ortuño Sánchez Pedreño, en un artículo reciente, relataba cómo el corregidor recibió en repartimiento cien indios sin llegar a residir en América, lo que generó tensiones que el rey resolvió prohibiendo la concesión de indios a los no residentes salvo a Cabero, «...porque trabaxo que diese la empresa al Almirante vuestro padre...». No es aventurado pensar que Colón tenía ya clara en aquella primavera de 1488 en Murcia la materialización del viaje por la contratación posterior de los otros dos murcianos aludidos. El primero, Diego Pérez. Es el único indubitablemente murciano de la expedición, por lo que sabemos, si bien lo normal es que hubiese más de los que la Historia no ha dejado registro. Encontramos en un artículo de José Caravaca Montes datos valiosísimos sobre Pérez. En él detalla cómo en el archivo de Simancas, en las cuentas de Lope de León, leemos: «A los herederos de Diego Pérez, pintor, vecino de Murcia, por cédula de sus altezas fecha en Granada a veynte e uno de setiembre de mil e qjnientos e un años, diez mill e tresientos e quarenta e ocho mrs. que le heran deujdos para cumplimiento de diez mill e ochocientos e cincuenta mrs. quel dicho Diego Pérez ovo de aver de sueldo del tiempo que serujo en las yndias el año de noventa e dos en el primer viaje que hizo el almirante Colon, fasta quel dicho Diego Pérez falescio».

En base a lo percibido, que va más allá de la duración del viaje, todo hace pensar que fue uno de los fallecidos en el Fuerte de Navidad bajo el mando de Diego de Arana, suceso que detallaremos más adelante, pero veamos la función que pudo tener en el viaje un pintor. 'A priori' nos puede resultar prescindible, pero entendamos que el oficio de pintor en 1492 incluye una gran cantidad de funciones que van de lo decorativo a las reparaciones a bordo. Caravaca alude a la similitud de sueldo entre un calafate y un pintor en base al asiento antes citado. El dibujo de mapas y cartas debería estar especialmente indicado para sus capacidades, así como el registro de las estrellas en la navegación nocturna a través del Atlántico. Estamos ante la posibilidad del personaje más apropiado de cuantos conozco para una novela histórica de las que ahora pueblan los quioscos de playa.

A la caza de recursos

Más allá de la curiosidad que Pérez, por razones evidentes, pueda despertar, el más inquietante e interesante es Luis de Torres. Volvemos a Ortuño para estudiar la estancia de Colón a la caza de recursos. El autor reproduce un fragmento que nos interesa especialmente: «Acordó el Almirante enviar dos hombres españoles: uno se llamaba Rodrigo de Xerez, que bivía en Ayamonte y el otro era un Luis de Torres, que avía bivido con el Adelantado de Murcia y javía sido judío, y sabía diz que ebraico y caldeo y aun algo arávigo. Con los dos cristianos fueron con ellos dos indios: uno de los que consigo traía de Guanahaní y el otro de aquellas casas que en el río estavan poblados...». Torres era, casi con seguridad, el intérprete a bordo de la Santa María. Es el más conocido de los tres 'murcianos' por haber despertado un interés que podríamos llamar esotérico, de hecho contaba Antonio Botías en 2013 que Jacques Mathieu, sociólogo y arqueólogo francés, colocó a Torres como una suerte de autoridad espiritual necesaria para un tercio de marineros judíos de aquel viaje. Apunta también a un artículo de Juan Bautista Villar en el que se incide en el credo del intérprete. Este es un tema jugoso que con el tiempo ha cobrado una relevancia notable. Tengamos en cuenta que, en una célebre misiva de 1490, los Reyes Católicos afirmaban que «de derecho canónico y según las leyes de nuestros reinos, los judíos son tolerados y sufridos y nos les mandamos tolerar y sufrir que vivan en nuestros reinos, como nuestros súbditos y vasallos» Con el 'Edicto de Granada' todo esto volaría por los aires y, el mismo año en el que Luis de Torres navegaba hacia nuevos mundos, sus correligionarios eran expulsados de sus casas y se convertían en la nación errante. Nos miramos en una historia de grandezas y miserias, como todos los pueblos de Europa, y esta es una de nuestras más destacadas vergüenzas.

La figura de Torres es de enorme importancia. En aquel tiempo los judíos 'cristianizaban' su nombre, así que nuestro hombre, de Yosef Ben Ha Levy Haivri o Joseph hijo de Levy 'el hebreo', pasó a llamarse Luis de Torres. Tenemos constancia de que, en el momento del viaje, vivía en Moguer, primera razón de su embarque, así que es difícil certificar que naciese en Murcia. El vínculo de Juan Chachón es frágil, máxime cuando este último se casó en 1477 con Luisa Fajardo y es entonces cuando se instaló en Murcia como adelantado, si bien su residencia no era estable, como en aquella época fue común para los señores guerreros de los diversos territorios. Nuestro 'judío errante' pudo nacer en cualquier parte. Para determinar la naturaleza de su participación en la regia empresa, tengamos en cuenta que lo que Colón esperaba encontrar eran mercaderes de especias indios que, con toda probabilidad, hablarían árabe y hebreo. Cuando, con el marinero Rodrigo de Jerez, inspeccionó el anterior de la isla fue hospedado por los pobladores durante cuatro días. Fueron los primeros fumadores occidentales, y dejaron un relato de lo sucedido. Desde que el almirante regresó nada sabemos hasta su muerte. Las leyendas pueblan un universo mítico en torno a este personaje en cuyo honor se han levantado dos sinagogas en el Caribe. Una de estas leyendas, la que más seduce, es la que lo presenta como un renegado de su conversión, predicando a los indios su fe verdadera, no es difícil vincular su desengaño con el incumplimiento de los Reyes Católicos de su palabra de respetar a los judíos. Lo cierto es que tenemos un asiento contable por el que sabemos que su mujer recibió, el 22 de septiembre de 1508, una indemnización por los servicios prestados. Los Reyes Católicos saldaban su deuda con el descubridor del tabaco.

Muerte trágica

Las diferencias entre el primer viaje y el cuarto, que fue denomiando 'Real viaje Real', son grandes y están bien documentadas. Los sucesos que llevaron a la muerte a Torres son trágicos. El 24 de diciembre, la 'Santa María' encallaba en Punta Santa, en La Hispaniola, en actual territorio haitiano. Ante la imposibilidad de reflotarla, se desmontó y con sus tablas se construyó Villa Navidad o Fuerte de Navidad, un campamento fortificado en el que se quedaron 39 hombres como primeros pobladores permanentes del nuevo mundo. Entre ellos, Torres y probablemente Pérez. En abril del 93 Colón fue recibido por los reyes en Barcelona en otro de los grandes momentos de nuestra historia y comenzaba los preparativos del segundo viaje. El 22 de noviembre estaba otra vez en La Hispaniola. Allí encontró a los dos primeros ahorcados. Sus cuerpos ya eran restos casi deshechos, momias irreconocibles. Cuatro días después empezaron a aparecer los que habían sido sus hombres. Los indígenas los habían crucificado.

Cuando llegó al arrasado Fuerte de Navidad solo pudo enterrar los cadáveres de los 33 que allí se encontraron. Nunca quedó claro el motivo. El cacique local, Guacanagari, le dijo a Colón que habían sido sus enemigos, los taínos, y el almirante no tuvo otra que creerlo. Su equilibrio era muy frágil en un mundo lleno de enemigos. Entre los enterrados, sin lápida, sin recuerdo, sin memoria, Luis de Torres y Diego Pérez.